Rainer Maria Rilke - Poemas
CANCIÓN
Tú, a quien yo no confío mis largas horas sin sueño;
tú que tan tierna me calmas como una cuna meciéndome.
Tú que tu insomnio me ocultas, dime si soportaremos
la sed que nos magnifica, sin abandono.
Recuerda que a los amantes la mentira les sorprende
en sus confesiones. Sola tú formas parte de mi
pura soledad. En todo te transformas: un murmullo
o tu aéreo perfume.
Entre mis brazos: ¡qué abismo que se alimenta de pérdidas!
Mis brazos no te retienen Y es por eso justamente
que te tengo para siempre.
INFANCIA
Sería bueno meditar mucho, para expresar algo de lo así perdido,
de aquellas largas tardes de la infancia
que así nunca volvieron....¿y por qué?
Aún nos acordamos...quizás en una lluvia,
pero ya no sabemos lo que eso significa;
nunca más estuvo la vida tan llena
de encuentros, de volverse a ver, de seguir avanzando
como entonces, cuando no nos sucedía más
que lo que sucede a una cosa y a un animal:
vivíamos entonces lo suyo como humano
y nos llenábamos hasta el borde de figuras.
Y nos hicimos tan solitarios como un pastor,
Y tan sobrecargados de grandes lejanías,
Y como desde lejos tocados y elegidos,
Y lentamente, como un largo hilo nuevo,
Insertados en aquellas series de imágenes
En que ahora nos desconcierta persistir.
SEPULCRO DE UNA MUCHACHA JOVEN
Lo recordamos todavía. Es como si todo esto
tuviera que ser una vez más.
Como un árbol en la costa de los limones
llevabas tus pequeños pechos leves
hacia adentro del murmullo de su sangre
de aquel dios. Y era tan esbelto
fugitivo, el que mima a las mujeres.
Dulce y ardiente, cálido como tu pensamiento,
cubriendo con su sombra tu flanco juvenil
e inclinado como tus cejas.
EL HUERTO DE LOS OLIVOS
El subía bajo el follaje gris,
todo gris y confundido con el olivar,
y metió su frente llena de polvo
muy dentro de lo polvoriento de sus manos calientes.
Después de todo, esto. Y esto era el final.
Ahora debo irme, mientras pierdo la vista,
Y por qué quieres que tenga que decir
que existes, si yo mismo ya no Te encuentro.
Ya no Te encuentro. No, en mí, no.
Ni el otros. Ni en esa piedra.
Ya no te encuentro, estoy solo.
Estoy solo con la pena de todos los hombres,
que yo intenté aliviar a través de Ti,
que no existes. Oh vergüenza sin nombre...
Más tarde se contaba: vino un ángel...
¿Por qué un ángel? Ay, vino la noche
y hojeaba indiferente en los árboles.
Los apóstoles se movieron en sueños.
¿Por qué un ángel? Ay, vino la noche.
La noche vino, no era extraordinaria;
así pasan cientos de ellas.
En ellas duermen perros, en ellas yacen piedras.
Ay, una triste, ay, una cualquiera,
que espera hasta que vuelva a amanecer.
Pues los ángeles no vienen a tales rezadores
Y en torno a ellos las noches no se agrandan.
A los que se pierden a sí mismos todo les abandona,
Y están abandonados por los padres
y excluidos del regazo de las madres.
LA PRIMERA ELEGÍA
(de Las elegías de Duino)
¿Quién, si yo gritara, me escucharía desde
los órdenes angélicos? Y suponiendo
que un ángel de pronto me tomase contra su corazón:
me extinguiría ante su existencia más fuerte.
Porque lo bello no es sino el comienzo de lo
terrible, que todavía podemos soportar
y admiramos tanto, pues impasible desdeña
destruirnos. Todo ángel es terrible.
Y así me contengo y trago el reclamo
de un oscuro sollozo. ¡Ay! ¿A quién podremos pues
recurrir? Ni a los ángeles ni a los hombres;
y las bestias, más sagaces, advierten ya
que no nos hallamos muy seguros
en el mundo interpretado. nos queda, quizás,
un árbol cualquiera en la cuesta, que pudiéramos
verlo diariamente; nos queda la senda del ayer,
y la fidelidad demorada de una costumbre,
que complacida con nosotros se quedó para no irse.
¡Oh!, y la noche, la noche, cuando el viento lleno
de espacio cósmico nos consume el rostro, ¿con
quién quedaría ella,
la anhelada, la que dulcemente nos desengaña, la que arduamente
se anuncia al corazón aislado? ¿Es ella más ligera
para los amantes?
¡Ay!, ellos no hacen más que ocultarse el uno al otro su destino.
¿No lo sabes todavía? Arroja desde los brazos el vacío
hacia los espacios que respiramos; quizás las aves
sientan con vuelo más ferviente el aire dilatado.
Sí, las primaveras te requerían. Algunas estrellas
exigían que las percibieras. Se levantó
hacia ti una oleada desde el pasado, o,
cuando pasabas junto a la ventana abierta,
un violín se te entregaba. Todo esto era misión
Pero, ¿es que la cumpliste? ¿No estabas siempre
distraído por la espera, como si todo te anunciara
un amante por llegar? ¿Dónde quieres esconderla,
si los grandes y extraños pensamientos entran y salen
en ti, y permanecen más a menudo en la noche?
Pero si sientes la nostalgia, entonces canta a los amantes; aún
no es bastante su renombrado sentimiento.
Canta -casi nos envidias- a los abandonados,
que hallaste mucho amantes que los satisfechos. Inicia
siempre de nuevo, inicia la inalcanzable alabanza;
piensa: si el héroe se mantiene aun en su misma caída,
fue el pretexto para ser; su nacimiento último.
Pero la naturaleza exhausta recoge a los amantes
en su seno, como si no hubiera fuerzas
para cumplir esto dos veces. ¿Has pensado, pues, bastante
en Gaspara Stampa?Que alguna muchacha, a quien el amante
abandonara, sintiéndose ante el ejemplo exaltado
de esta amante: ¡ojalá pudiera ser yo como ella!
Estos dolores muy antiguos, ¿no deberán finalmente sernos
más fecundos? No es tiempo ya de que amorosamente
nos libremos del amado, y de estremecidos resistamos:
tal como la cuerda resiste la flecha, para que en la tensión del
salto sea más que ella misma. Pues un detenerse no existe.
¡Voces, voces! Escucha, corazón mío, como antes sólo
escuchaban los santos, hasta que el inmenso llamado
los levantaba del suelo; pero ellos, inconmovibles, permanecían
arrodillados, sin atender a nada: así pudieron oír.
No es que tú soportaras la voz de Dios, ni remotamente. Pero
escucha el soplo de la brisa,
escucha el mensaje incesante que se forma de silencio.
Ahorra susurra hacia ti desde aquellos jóvenes muertos.
En donde estabas, en las iglesias de Roma y Nápoles,
¿no te hablaba seriamente su destino?
O bien una inscripción se te imponía, súblimemente,
como hace poco el epitafio de Santa María Formosa.
¿Qué quieren de mí aquellos muertos?
Quedamente debo
quitarles la apariencia de injusticia, que en ocasiones
estorba un poco el movimiento de sus espíritus.
Ciertamente que es extraño no habitar ya más la tierra,
no ejercitar ya costumbres apenas aprendidas,
no dar más a las rosas y a otras cosas en sí prometedoras
la significación del porvenir humano;
no ser lo que se era en manos infinitamente temerosas,
y abandonar hasta el propio nombre, como un juguete roto.
Extraño es no seguir deseando los deseos. Extraño
ver aletear tan sueltamente en el espacio todo lo
que tenía relación.
Y el estar muerto es penoso y está lleno de
recuperación, para que
gradualmente se sienta un poco de eternidad.
Pero los vivos
cometen todos el error de distinguir demasiado intensamente.
Los ángeles (se dice) no saben a menudo si andan
entre los vivos o los muertos. La corriente eterna
arrastra siempre consigo todas las edades por los
dos reinos y hace acallar a ambos.
Finalmente, los muertos prematuramente ya no nos necesitan.
Uno se deshabitúa suavemente a lo terreno, igual que cuando
con dulzura se emancipa del pecho de la madre.
Pero nosotros, que necesitamos de tan grandes misterios
para quiénes desde la misma tristeza brota un progreso dichoso,
¿podríamos existir sin ellos?
¿Fue inútil la leyenda, cuando en el luto por Lino,
su balbuceante música atravesó la seca rigidez
de la materia?
¿Fue en vano que sólo en el espacio aterrado,
del que una vez para siempre salió un doncel casi divino,
lo vacío haya entrado en aquella vibración, que ahora nos
arrebata, nos consuela y nos ayuda?
Tú, a quien yo no confío mis largas horas sin sueño;
tú que tan tierna me calmas como una cuna meciéndome.
Tú que tu insomnio me ocultas, dime si soportaremos
la sed que nos magnifica, sin abandono.
Recuerda que a los amantes la mentira les sorprende
en sus confesiones. Sola tú formas parte de mi
pura soledad. En todo te transformas: un murmullo
o tu aéreo perfume.
Entre mis brazos: ¡qué abismo que se alimenta de pérdidas!
Mis brazos no te retienen Y es por eso justamente
que te tengo para siempre.
INFANCIA
Sería bueno meditar mucho, para expresar algo de lo así perdido,
de aquellas largas tardes de la infancia
que así nunca volvieron....¿y por qué?
Aún nos acordamos...quizás en una lluvia,
pero ya no sabemos lo que eso significa;
nunca más estuvo la vida tan llena
de encuentros, de volverse a ver, de seguir avanzando
como entonces, cuando no nos sucedía más
que lo que sucede a una cosa y a un animal:
vivíamos entonces lo suyo como humano
y nos llenábamos hasta el borde de figuras.
Y nos hicimos tan solitarios como un pastor,
Y tan sobrecargados de grandes lejanías,
Y como desde lejos tocados y elegidos,
Y lentamente, como un largo hilo nuevo,
Insertados en aquellas series de imágenes
En que ahora nos desconcierta persistir.
SEPULCRO DE UNA MUCHACHA JOVEN
Lo recordamos todavía. Es como si todo esto
tuviera que ser una vez más.
Como un árbol en la costa de los limones
llevabas tus pequeños pechos leves
hacia adentro del murmullo de su sangre
de aquel dios. Y era tan esbelto
fugitivo, el que mima a las mujeres.
Dulce y ardiente, cálido como tu pensamiento,
cubriendo con su sombra tu flanco juvenil
e inclinado como tus cejas.
EL HUERTO DE LOS OLIVOS
El subía bajo el follaje gris,
todo gris y confundido con el olivar,
y metió su frente llena de polvo
muy dentro de lo polvoriento de sus manos calientes.
Después de todo, esto. Y esto era el final.
Ahora debo irme, mientras pierdo la vista,
Y por qué quieres que tenga que decir
que existes, si yo mismo ya no Te encuentro.
Ya no Te encuentro. No, en mí, no.
Ni el otros. Ni en esa piedra.
Ya no te encuentro, estoy solo.
Estoy solo con la pena de todos los hombres,
que yo intenté aliviar a través de Ti,
que no existes. Oh vergüenza sin nombre...
Más tarde se contaba: vino un ángel...
¿Por qué un ángel? Ay, vino la noche
y hojeaba indiferente en los árboles.
Los apóstoles se movieron en sueños.
¿Por qué un ángel? Ay, vino la noche.
La noche vino, no era extraordinaria;
así pasan cientos de ellas.
En ellas duermen perros, en ellas yacen piedras.
Ay, una triste, ay, una cualquiera,
que espera hasta que vuelva a amanecer.
Pues los ángeles no vienen a tales rezadores
Y en torno a ellos las noches no se agrandan.
A los que se pierden a sí mismos todo les abandona,
Y están abandonados por los padres
y excluidos del regazo de las madres.
LA PRIMERA ELEGÍA
(de Las elegías de Duino)
¿Quién, si yo gritara, me escucharía desde
los órdenes angélicos? Y suponiendo
que un ángel de pronto me tomase contra su corazón:
me extinguiría ante su existencia más fuerte.
Porque lo bello no es sino el comienzo de lo
terrible, que todavía podemos soportar
y admiramos tanto, pues impasible desdeña
destruirnos. Todo ángel es terrible.
Y así me contengo y trago el reclamo
de un oscuro sollozo. ¡Ay! ¿A quién podremos pues
recurrir? Ni a los ángeles ni a los hombres;
y las bestias, más sagaces, advierten ya
que no nos hallamos muy seguros
en el mundo interpretado. nos queda, quizás,
un árbol cualquiera en la cuesta, que pudiéramos
verlo diariamente; nos queda la senda del ayer,
y la fidelidad demorada de una costumbre,
que complacida con nosotros se quedó para no irse.
¡Oh!, y la noche, la noche, cuando el viento lleno
de espacio cósmico nos consume el rostro, ¿con
quién quedaría ella,
la anhelada, la que dulcemente nos desengaña, la que arduamente
se anuncia al corazón aislado? ¿Es ella más ligera
para los amantes?
¡Ay!, ellos no hacen más que ocultarse el uno al otro su destino.
¿No lo sabes todavía? Arroja desde los brazos el vacío
hacia los espacios que respiramos; quizás las aves
sientan con vuelo más ferviente el aire dilatado.
Sí, las primaveras te requerían. Algunas estrellas
exigían que las percibieras. Se levantó
hacia ti una oleada desde el pasado, o,
cuando pasabas junto a la ventana abierta,
un violín se te entregaba. Todo esto era misión
Pero, ¿es que la cumpliste? ¿No estabas siempre
distraído por la espera, como si todo te anunciara
un amante por llegar? ¿Dónde quieres esconderla,
si los grandes y extraños pensamientos entran y salen
en ti, y permanecen más a menudo en la noche?
Pero si sientes la nostalgia, entonces canta a los amantes; aún
no es bastante su renombrado sentimiento.
Canta -casi nos envidias- a los abandonados,
que hallaste mucho amantes que los satisfechos. Inicia
siempre de nuevo, inicia la inalcanzable alabanza;
piensa: si el héroe se mantiene aun en su misma caída,
fue el pretexto para ser; su nacimiento último.
Pero la naturaleza exhausta recoge a los amantes
en su seno, como si no hubiera fuerzas
para cumplir esto dos veces. ¿Has pensado, pues, bastante
en Gaspara Stampa?Que alguna muchacha, a quien el amante
abandonara, sintiéndose ante el ejemplo exaltado
de esta amante: ¡ojalá pudiera ser yo como ella!
Estos dolores muy antiguos, ¿no deberán finalmente sernos
más fecundos? No es tiempo ya de que amorosamente
nos libremos del amado, y de estremecidos resistamos:
tal como la cuerda resiste la flecha, para que en la tensión del
salto sea más que ella misma. Pues un detenerse no existe.
¡Voces, voces! Escucha, corazón mío, como antes sólo
escuchaban los santos, hasta que el inmenso llamado
los levantaba del suelo; pero ellos, inconmovibles, permanecían
arrodillados, sin atender a nada: así pudieron oír.
No es que tú soportaras la voz de Dios, ni remotamente. Pero
escucha el soplo de la brisa,
escucha el mensaje incesante que se forma de silencio.
Ahorra susurra hacia ti desde aquellos jóvenes muertos.
En donde estabas, en las iglesias de Roma y Nápoles,
¿no te hablaba seriamente su destino?
O bien una inscripción se te imponía, súblimemente,
como hace poco el epitafio de Santa María Formosa.
¿Qué quieren de mí aquellos muertos?
Quedamente debo
quitarles la apariencia de injusticia, que en ocasiones
estorba un poco el movimiento de sus espíritus.
Ciertamente que es extraño no habitar ya más la tierra,
no ejercitar ya costumbres apenas aprendidas,
no dar más a las rosas y a otras cosas en sí prometedoras
la significación del porvenir humano;
no ser lo que se era en manos infinitamente temerosas,
y abandonar hasta el propio nombre, como un juguete roto.
Extraño es no seguir deseando los deseos. Extraño
ver aletear tan sueltamente en el espacio todo lo
que tenía relación.
Y el estar muerto es penoso y está lleno de
recuperación, para que
gradualmente se sienta un poco de eternidad.
Pero los vivos
cometen todos el error de distinguir demasiado intensamente.
Los ángeles (se dice) no saben a menudo si andan
entre los vivos o los muertos. La corriente eterna
arrastra siempre consigo todas las edades por los
dos reinos y hace acallar a ambos.
Finalmente, los muertos prematuramente ya no nos necesitan.
Uno se deshabitúa suavemente a lo terreno, igual que cuando
con dulzura se emancipa del pecho de la madre.
Pero nosotros, que necesitamos de tan grandes misterios
para quiénes desde la misma tristeza brota un progreso dichoso,
¿podríamos existir sin ellos?
¿Fue inútil la leyenda, cuando en el luto por Lino,
su balbuceante música atravesó la seca rigidez
de la materia?
¿Fue en vano que sólo en el espacio aterrado,
del que una vez para siempre salió un doncel casi divino,
lo vacío haya entrado en aquella vibración, que ahora nos
arrebata, nos consuela y nos ayuda?
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