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<rss xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom" version="2.0"><channel><atom:link href="https://marginal.blogia.com/feed.xml" rel="self" type="application/rss+xml"/><title>I.N.R.I   ET   BON APP&#xC9;TIT</title><description>Un par de hojas de afeitar, la sangre de una peluca, un relicario     M A R G I N A L</description><link>https://marginal.blogia.com</link><language>es</language><lastBuildDate>Sun, 10 Dec 2023 12:02:20 +0000</lastBuildDate><generator>Blogia</generator><item><title>Antonin Artaud - El Teatro de la Crueldad - Primer Manifiesto (1932)</title><link>https://marginal.blogia.com/2005/112201-antonin-artaud-el-teatro-de-la-crueldad-primer-manifiesto-1932-.php</link><guid isPermaLink="true">https://marginal.blogia.com/2005/112201-antonin-artaud-el-teatro-de-la-crueldad-primer-manifiesto-1932-.php</guid><description><![CDATA[<p>No podemos seguir prostituyendo la idea del teatro, que tiene un &uacute;nico valor: su relaci&oacute;n atroz y m&aacute;gica con la realidad y el peligro.</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; As&iacute; plateado, el problema del teatro debe atraer la atenci&oacute;n general, sobreentendi&eacute;ndose que el teatro, por su aspecto f&iacute;sico, y porque requiere <em>expresi&oacute;n en el espacio </em>(en verdad la &uacute;nica expresi&oacute;n real) permite que los medios m&aacute;gicos del arte y la palabra se ejerzan org&aacute;nicamente y por entero, como exorcismos renovados. O sea que el teatro no recuperar&aacute; sus espec&iacute;ficos poderes de acci&oacute;n si antes no se le devuelve su lenguaje.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; En vez de asistir en textos que se consideran definitivos y sagrados importa ante todo romper la sujeci&oacute;n del teatro al texto, y recobrar la noci&oacute;n de un especie de lenguaje &uacute;nico a medio camino entre le gesto y el pensamiento.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Este lenguaje no puede definirse sino como posible expresi&oacute;n din&aacute;mica y en el espacio, opuesta a las posibilidades expresivas del lenguaje hablado. Y el teatro puede utilizar a&uacute;n de este lenguaje sus posibilidades de expansi&oacute;n (m&aacute;s all&aacute; de las palabras), de desarrollo en el espacio, de acci&oacute;n disociadora y vibratoria sobre la sensibilidad. Aqu&iacute; interviene en las entonaciones, la pronunciaci&oacute;n particular de una palabra. Aqu&iacute; interviene (adem&aacute;s del lenguaje auditivo de los sonidos) el lenguaje visual de los objetos, los movimientos, los gestos, las actitudes, pero s&oacute;lo si prolongamos el sentido, las fisonom&iacute;as, las combinaciones de palabras hasta transformarlas en signos, y hacemos de esos signos una especie de alfabeto. Una vez que hayamos cobrado conciencia de ese lenguaje en el espacio, lenguaje de sonidos, gritos, luces, onomatopeyas, el teatro debe organizarlo en verdaderos jerogl&iacute;ficos, con el auxilio de objetos y personajes, utilizando sus simbolismos y sus correspondencias en relaci&oacute;n con todos los &oacute;rganos y en todos los niveles.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Se trata, pues, para el teatro, de crear una metaf&iacute;sica de la palabra, del gesto, de la expresi&oacute;n para rescatarlo de su servidumbre a la psicolog&iacute;a y a los intereses humanos. Pero nada de esto servir&aacute; si detr&aacute;s de ese esfuerzo no hay una suerte de inclinaci&oacute;n metaf&iacute;sica real, una apelaci&oacute;n a ciertas ideas ins&oacute;litas que por su misma naturaleza son ilimitadas, y no pueden ser descritas formalmente. Estas ideas acerca de la Creaci&oacute;n, el Devenir, el Caos, son todas de orden c&oacute;smico y nos permiten vislumbrar un dominio que el teatro desconoce hoy totalmente, y ellas permitir&aacute;n crear una especie de apasionada ecuaci&oacute;n entre el Hombre, la Sociedad, la Naturaleza y los Objetos.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; No se trata, por otra parte, de poner directamente en escena ideas metaf&iacute;sicas, sino de crear algo as&iacute; como tentaciones, ecuaciones de aire en torno a estas ideas. Y el humor con su anarqu&iacute;a, la poes&iacute;a con su simbolismo y sus im&aacute;genes nos dan una primera noci&oacute;n acerca de los medios de analizar esas ideas.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Hemos de referirnos ahora al aspecto &uacute;nicamente material de ese lenguaje. Es decir, a todas las maneras y medios con que cuenta para actuar sobre la sensibilidad.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Ser&iacute;a vano decir que incluye la m&uacute;sica, la danza, la pantomima, o la m&iacute;mica. Es evidente que utiliza movimientos, armon&iacute;as, ritmos, pero s&oacute;lo en cuanto concurren a una especie de expresi&oacute;n central sin favorecer a un arte particular. Lo que no quiere decir tampoco que no utilice hechos ordinarios, pasiones ordinarias, pero como un trampol&iacute;n, del mismo modo que el HUMOR-DESTRUCCI&Oacute;N puede conciliar la risa con los h&aacute;bitos de la raz&oacute;n.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Pero con un sentido completamente oriental de la expresi&oacute;n, ese lenguaje objetivo y concreto del teatro fascina y tiende un lazo a los &oacute;rganos. Penetra en la sensibilidad. Abandonando los usos occidentales de la palabra, transforma los vocablos en encantamientos. Da extensi&oacute;n a la voz. Aprovecha las vibraciones y las cualidades de la voz. Hace que el movimiento de los pies acompa&ntilde;e desordenadamente los ritmos. Muele sonidos. Trata de exaltar, de entorpecer, de encantar, de detener la sensibilidad. Libera el sentido de un nuevo lirismo del gesto que por su precipitaci&oacute;n o su amplitud a&eacute;rea concluye por sobrepasar el lirismo de las palabras. Rompe en fin la sujeci&oacute;n intelectual del lenguaje, prest&aacute;ndole el sentido de una intelectualidad nueva y m&aacute;s profunda que se oculta bajo gestos y bajo signos elevados a la dignidad de exorcismos particulares.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Pues todo este magnetismo y toda esta poes&iacute;a y sus medios directos de encanto nada significar&iacute;an si no lograran poner f&iacute;sicamente el esp&iacute;ritu en el camino de alguna otra cosa, si el verdadero teatro no pudiera darnos el sentido de una creaci&oacute;n de la que s&oacute;lo poseemos una cara, pero que se completa en otros planos.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Y poco importa que estos otros planos sean conquistados realmente o no por el esp&iacute;ritu, es decir, por la inteligencia, pues eso ser&iacute;a disminuirlos, lo que no tiene inter&eacute;s ni sentido. Lo importante es poner la sensibilidad, por medios ciertos, en un estado de percepci&oacute;n m&aacute;s profunda y m&aacute;s fina, y tal es el objeto de la magia y de los ritos de los que el teatro es s&oacute;lo el reflejo.</p><p>&nbsp;</p><p align="center">T&Eacute;CNICA</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Se trata pues de hacer del teatro, en el sentido cabal de la palabra, una funci&oacute;n; algo tan localizado y tan preciso como la circulaci&oacute;n de la sangre por las arterias, o el desarrollo, ca&oacute;tico en apariencia, de las im&aacute;genes del sue&ntilde;o en el cerebro, y esto por un encadenamiento eficaz, por un verdadero esclarecimiento de la atenci&oacute;n.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El teatro s&oacute;lo podr&aacute; ser nuevamente el mismo, ser un medio de aut&eacute;ntica ilusi&oacute;n, cuando proporcione al espectador verdaderos precipitados de sue&ntilde;os, donde su gusto por el crimen, sus obsesiones er&oacute;ticas, su salvajismo, sus quimeras, su sentido ut&oacute;pico de la vida y de las cosas y hasta su canibalismo desborden en un plano no fingido e ilusorio, sino interior.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; En otros t&eacute;rminos, el teatro debe perseguir por todos los medios un replanteo, no s&oacute;lo de todos los aspectos del mundo objetivo y descriptivo externo, sino tambi&eacute;n del mundo interno, es decir del hombre considerado metaf&iacute;sicamente. S&oacute;lo as&iacute;, nos parece, podr&aacute; hablarse otra vez en el teatro de los derechos de la imaginaci&oacute;n. Nada significan el humor, la poes&iacute;a, la imaginaci&oacute;n si por medio de una destrucci&oacute;n an&aacute;rquica generadora de una prodigiosa emancipaci&oacute;n de formas que constituir&aacute;n todo el espect&aacute;culo, no alcanzan a replantear org&aacute;nicamente al hombre, con sus ideas acerca de la realidad, y su ubicaci&oacute;n po&eacute;tica en la realidad.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Pero considerar al teatro como una funci&oacute;n psicol&oacute;gica o moral de segunda mano y suponer que hasta los sue&ntilde;os tienen s&oacute;lo una funci&oacute;n sustitutiva es disminuir la profunda dimensi&oacute;n po&eacute;tica de los sue&ntilde;os del teatro. Si el teatro es, como los sue&ntilde;os, sanguinario e inhumano, manifiesta y planta inolvidablemente en nosotros, mucho m&aacute;s all&aacute;, la idea de un conflicto perpetuo y de un espasmo donde la vida se interrumpe continuamente, donde todo en la creaci&oacute;n se alza y act&uacute;a contra nuestra posici&oacute;n establecida, perpetuando de modo concreto y actual las ideas metaf&iacute;sicas de ciertas f&aacute;bulas que por su misma atrocidad y energ&iacute;a muestran su origen y su continuidad en principio esenciales.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Se advierte por lo tanto que ese lenguaje desnudo del teatro, lenguaje no verbal sino real, debe permitir, pr&oacute;ximo a los principios que le trasmiten su energ&iacute;a, y mediante el empleo del magnetismo nervioso del hombre, transgredir los l&iacute;mites ordinarios del arte y de la palabra, y realizar secretamente, o sea m&aacute;gicamente, <em>en t&eacute;rminos verdaderos</em>, una suerte de creaci&oacute;n total donde el hombre pueda recobrar su puesto entre el sue&ntilde;o y los acontecimientos.</p><p>&nbsp;</p><p align="center">LOS TEMAS</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; No queremos abrumar al p&uacute;blico con preocupaciones c&oacute;smicas trascendentes. Que haya claves profundas del pensamiento y de la acci&oacute;n, que permitan una comprensi&oacute;n de todo el espect&aacute;culo, no ata&ntilde;e en general al espectador, ni le interesa. Pero es necesario que esas claves est&eacute;n ah&iacute;, y eso s&iacute; nos ata&ntilde;e.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; EL ESPECT&Aacute;CULO. En todo espect&aacute;culo habr&aacute; un elemento f&iacute;sico y objetivo, para todos perceptible. Gritos, quejas, apariciones, sorpresas, efectos teatrales de toda especie, belleza m&aacute;gica de los ropajes tomados de ciertos modelos rituales, esplendor de la luz, hermosura fascinante de las voces, encanto de la armon&iacute;a, raras notas musicales, colores de los objetos, ritmo f&iacute;sico de los movimientos cuyo crescendo o decrescendo armonizar&aacute;n exactamente con la pulsaci&oacute;n de movimientos a todos familiares, apariciones concretas de objetos nuevos y sorprendentes, m&aacute;scaras, maniqu&iacute;es de varios metros de altura, repentinos cambios de luz, acci&oacute;n f&iacute;sica de la luz que despierta sensaciones de calor, fr&iacute;o, etc&eacute;tera.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; LA PUESTA EN ESCENA. El lenguaje t&iacute;pico del teatro tendr&aacute; su centro en al puesta en escena, considerada no como simple grado de refracci&oacute;n de un texto en escena, sino como el punto de partida de toda creaci&oacute;n teatral. Y en el empleo y manejo de ese lenguaje se disolver&aacute; la antigua dualidad de autor y director, reemplazados por una suerte de creador &uacute;nico, al que incumbir&aacute; la doble responsabilidad del espect&aacute;culo y la acci&oacute;n.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; EL LENGUAJE DE LA ESCENA. No se trata de suprimir la palabra hablada, sino de dar aproximadamente a las palabras la importancia que tienen en los sue&ntilde;os.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Hay que encontrar adem&aacute;s nuevos medios de anotar ese lenguaje, ya sea en el orden de la transcripci&oacute;n musical, o en una especie de lenguaje cifrado.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; En cuanto a los objetivos ordinarios, e incluso al cuerpo humano, elevados a la dignidad de signos, uno puede inspirarse, evidentemente, en los caracteres jerogl&iacute;ficos, no s&oacute;lo para anotar tales signos de una manera legible, de modo que sea f&aacute;cil reproducirlos, sino para componer es escena s&iacute;mbolos precisos e inmediatamente legibles.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Por otra parte, este lenguaje cifrado y esta transcripci&oacute;n musical ser&aacute;n valiosos medios de transcribir voces.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Como en este lenguaje es fundamental un empleo particular de las entonaciones, &eacute;stas se ordenar&aacute;n en una suerte de equilibrio arm&oacute;nico, de deformaci&oacute;n secundaria del lenguaje que ser&aacute; posible reproducir a voluntad.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Asimismo, las diez mil y una expresiones del rostro reproducidas en forma de m&aacute;scaras podr&aacute;n titularse y catalogarse, de modo que participen directa y simb&oacute;licamente en el lenguaje concreto de la escena, independientemente de su utilizaci&oacute;n psicol&oacute;gica particular.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Adem&aacute;s, esos gestos simb&oacute;licos, esas m&aacute;scaras, esas actitudes, esos movimientos individuales o de grupos, con innumerables significados que son parte importante del lenguaje concreto del teatro, gestos evocadores, actitudes emotivas o arbitrarias, excitadas trituraciones de ritmos y sonidos, ser&aacute;n duplicadas, multiplicadas por actitudes y gestos reflejos: la totalidad de los gestos impulsivos, de las actitudes truncas, de los lapsus del esp&iacute;ritu y de la lengua, medios que manifiestan lo que podr&iacute;amos llamar las impotencias de la palabra, y donde hay una prodigiosa riqueza de expresiones a la que no dejaremos de recurrir oportunamente.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Hay ah&iacute; tambi&eacute;n una idea concreta d la m&uacute;sica, donde los sonidos intervienen como personajes, donde las armon&iacute;as se acoplan en parejas y se pierden en las intervenciones precisas de las palabras.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; De uno y otro medio de expresi&oacute;n se crean correspondencias y gradaciones; y todo, hasta la luz, puede tener un sentido intelectual determinado.</p><p>&nbsp;</p><p>LOS INSTRUMENTOS MUSICALES. Ser&aacute;n tratados como objetos y como parte del decorado.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Por otra parte, la necesidad de actuar directa y profundamente sobre la sensibilidad por intermedio de los &oacute;rganos invita a la b&uacute;squeda, desde el punto de vista de los sonidos, de cualidades y vibraciones sonoras absolutamente nuevas (cualidades de que carecen los instrumentos musicales actualmente en uso) y obliga a rehabilitar instrumentos antiguos y olvidados, y a crear otros nuevos. Obliga, asimismo, a buscar, fuera de la m&uacute;sica, instrumentos y aparatos basados en combinaciones met&aacute;licas especiales, o en aleaciones nuevas, y capaces de alcanzar un nuevo diapas&oacute;n de la octava, producir sonidos o ruidos insoportables, lancinantes.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; LA LUZ. LA ILUMINACI&Oacute;N. Los aparatos luminosos que hoy se emplean en el teatro no son adecuados. Es necesario investigar la particular acci&oacute;n de la luz sobre el esp&iacute;ritu, los efectos de las vibraciones luminosas, junto con nuevos m&eacute;todos de expandir la luz, en napas, o en andanadas de flechas de fuego. Hay que revisar del principio al fin la gama coloreada de los aparatos actuales. Para obtener las cualidades de los tonos particulares hay que introducir en la luz un elemento de tenuidad, de densidad, de opacidad y sugerir as&iacute; calor, fr&iacute;o, c&oacute;lera, miedo, etc&eacute;tera.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; LA VESTIMENTA. En cuanto concierne al ropaje, y sin ocurr&iacute;rsenos que pueda haber una vestimenta uniforme en el teatro, igual para todas las obras, deber&aacute; evitarse en lo posible el ropaje moderno, no a causa de una fetichista y supersticiosa reverencia por lo antiguo, sino porque es absolutamente evidente que ciertos ropajes milenarios, de empleo ritual -aunque en determinado momento hayan sido de &eacute;poca- conservan una belleza y una apariencia reveladoras, por su estricta relaci&oacute;n con las tradiciones de origen.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; LA ESCENA. LA SALA. Suprimimos la escena y la sala y las reemplazamos por un lugar &uacute;nico, sin tabiques ni obst&aacute;culos de ninguna clase, y que ser&aacute; el teatro mismo de la acci&oacute;n. Se restablecer&aacute; una comunicaci&oacute;n directa entre el espectador y el espect&aacute;culo, entre le actor y el espectador, ya que el espectador, situado en el centro mismo de la acci&oacute;n, se ver&aacute; rodeado y atravesado por ella. Ese envolvimiento tiene su origen en la configuraci&oacute;n misma de la sala.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; De modo que, abandonando las salas de teatro actuales, tomaremos un cobertizo o una granja cualesquiera, que modificaremos seg&uacute;n los procedimientos que han culminado en la arquitectura de ciertas iglesias, de ciertos lugares sagrados y de ciertos templos del T&iacute;bet Superior.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; En el interior de esa construcci&oacute;n prevalecer&aacute;n ciertas proporciones de altura y profundidad. Cerrar&aacute;n la sala cuatro muros sin ning&uacute;n adorno, y el p&uacute;blico estar&aacute; sentado en medio de la sala, abajo, en sillas m&oacute;viles, que le permitir&aacute;n seguir el espect&aacute;culo que se ofrezca a su alrededor. En efecto, la ausencia de escena en el sentido ordinario de la palabra invitar&aacute; a la acci&oacute;n a desplegarse en los cuatro &aacute;ngulos de la sala. Se reservar&aacute;n ciertos lugares para los actores y la acci&oacute;n en los cuatro puntos cardinales de la sala. Las escenas se interpretar&aacute;n ante muros encalonados, que absorber&aacute;n la luz. Adem&aacute;s, en lo alto unas galer&iacute;as seguir&aacute;n el contorno de la sala, como en ciertos cuadros primitivos. Tales galer&iacute;as permitir&aacute;n que los actores, cada vez que la acci&oacute;n lo requiera, se persigan de un punto a otro e la sala, y que la acci&oacute;n se despliegue en todos los niveles y en todos los sentidos de la perspectiva, en altura y profundidad. Un grito lanzado en un extremo podr&aacute; transmitirse de boca en boca con amplificaciones y modulaciones sucesivas hasta el otro extremo. La acci&oacute;n desatar&aacute; su ronda, extender&aacute; su trayectoria de piso en piso, de un punto a otro, los paroxismos estallar&aacute;n de pronto, arder&aacute;n como incendios en diferentes sitios. Y el car&aacute;cter de verdadera ilusi&oacute;n del espect&aacute;culo, tanto como la huella directa e inmediata de la acci&oacute;n sobre el espectador, dejar&aacute;n de ser palabras huecas. Pues esta difusi&oacute;n de la acci&oacute;n por un espacio inmenso, obligar&aacute; a que la luz de una escena y las distintas luces de una representaci&oacute;n conmuevan tanto al p&uacute;blico como a los personajes; y a las distintas acciones simult&aacute;neas, a las distintas fases de una acci&oacute;n id&eacute;ntica (donde los personajes, unidos como las abejas de un enjambre, soportar&aacute;n todos los asaltos de las situaciones y los asaltos exteriores de los elementos y de la tempestad) corresponder&aacute;n medios f&iacute;sicos que producir&aacute;n luz, truenos o viento, y cuyas repercusiones sacudir&aacute;n al espectador.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Sin embargo, ha de reservarse un emplazamiento central que sin servir propiamente de escena, permita que el grueso de la acci&oacute;n se concentre e intensifique cada vez que sea necesario.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; LOS OBJETOS. LAS M&Aacute;SCARAS. LOS ACCESORIOS. Maniqu&iacute;es, m&aacute;scaras enormes, objetos de proporciones singulares aparecer&aacute;n con la misma importancia que las im&aacute;genes verbales y subrayar&aacute;n el aspecto concreto de toda imagen y de toda expresi&oacute;n, y como corolario todos los objetos que requieren habitualmente una representaci&oacute;n f&iacute;sica estereotipada aparecer&aacute;n escamoteados o disfrazados.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; EL DECORADO. No habr&aacute; decorado. Cumplir&aacute;n esa funci&oacute;n personajes jerogl&iacute;ficos, vestimentas rituales, maniqu&iacute;es de diez metros de altura que representar&aacute;n la barba del Rey Lear en la tempestad, instrumentos musicales grandes como hombres, y objetos de forma y fines desconocidos.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; LA ACTUALIDAD. Pero, se dir&aacute;, un teatro tan alejado de la vida, de los hechos, de las preocupaciones actuales . . . De la actualidad y de los acontecimientos, &iexcl;s&iacute;! De las preocupaciones en cuanto hay en ellas una profundidad reservada a unos pocos, &iexcl;no! En el <em>Zohar</em>, la historia de Rabbi Sime&oacute;n que arde como un fuego es tan inmediata como el fuego mismo.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; LAS OBRAS. No interpretaremos piezas escritas, sino que ensayaremos una puesta en escena directa en torno a temas, hechos, y obras conocidas. La naturaleza y la disposici&oacute;n misma de la sala sugieren el espect&aacute;culo y no podemos negarnos ning&uacute;n tema, por m&aacute;s vasto que sea.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; ESPECT&Aacute;CULO. Hay que resucitar la idea de un espect&aacute;culo integral. El problema es dar voz al espacio, alimentarlo y amueblarlo, como minas metidas en una muralla blanca, que se transforma en g&eacute;yseres y ramilletes de piedras.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; EL ACTOR. El actor es a la vez un elemento de primordial importancia, pues de su eficaz interpretaci&oacute;n depende el &eacute;xito del espect&aacute;culo, y una especie d elemento pasivo y neutro, ya que se le niega rigurosamente toda iniciativa personal. No existe en este dominio, por otra parte, regla precisa; y entre el actor al que se le pide una simple cualidad de sollozo y el que debe pronunciar un discurso con todas sus personales cualidades de persuasi&oacute;n, hay toda la distancia que separa a un hombre de un instrumento.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; LA INTERPRETACI&Oacute;N. Ser&aacute; un espect&aacute;culo cifrado de un extremo al otro, como un lenguaje. De tal manera, no se perder&aacute; ning&uacute;n movimiento, y todos los movimientos obedecer&aacute;n a un ritmo; y como los personajes ser&aacute;n s&oacute;lo tipos, los gestos, la fisonom&iacute;a, el ropaje, aparecer&aacute;n como simples trazos de luz.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; EL CINE. A la cruda visualizaci&oacute;n de lo que es, opone el teatro por medio de la poes&iacute;a im&aacute;genes de lo que no es. Por otra parte, desde el punto de vista de la actuaci&oacute;n no es posible comparar una imagen cinematogr&aacute;fica con una imagen teatral que obedece a todas las exigencias de la vida.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; LA CRUELDAD. Sin un elemento de crueldad en la base de todo espect&aacute;culo, no es posible el teatro. En nuestro presente estado de degeneraci&oacute;n, s&oacute;lo por la piel puede entrarnos otra vez la metaf&iacute;sica en el esp&iacute;ritu.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; EL P&Uacute;BLICO. Es necesario ante todo que el teatro exista.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; EL PROGRAMA. Pondremos en escena, sin cuidarnos del texto:</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; 1. Una adaptaci&oacute;n de una obra de la &eacute;poca de Shakespeare, enteramente conforme con el estado actual de turbaci&oacute;n de los esp&iacute;ritus, ya se trate de una pieza ap&oacute;crifa de Shakespeare, como <em>Arden of Feversham</em>, o de cualquier otra de la misma &eacute;poca.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; 2. Una pieza de libertad po&eacute;tica extrema, de Le&oacute;n-Paul Fargue.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; 3. Un extracto del <em>Zohar</em>: la historia del Rabbi Sime&oacute;n, que tiene siempre la violencia y la fuerza de una conflagraci&oacute;n.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; 4. La historia de Barba Azul, reconstituida seg&uacute;n los archivos y con una idea nueva del erotismo y de la crueldad.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; 5. La ca&iacute;da de Jerusal&eacute;n, seg&uacute;n la Biblia y la historia, con el color rojo sangre que mana de la ciudad y ese sentimiento de abandono y p&aacute;nico de las gentes, visible hasta en la luz; y por otra parte las disputas metaf&iacute;sicas de los profetas, la espantosa agitaci&oacute;n intelectual que ellos crearon, y que repercuti&oacute; f&iacute;sicamente en el rey, el templo, el populacho y los acontecimientos.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; 6. Un cuento del Marqu&eacute;s de Sade, donde se transponga el erotismo, presentado aleg&oacute;ricamente como exteriorizaci&oacute;n violenta de la crueldad y simulaci&oacute;n del resto.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; 7. Uno o varios melodramas rom&aacute;nticos donde lo inveros&iacute;mil ser&aacute; un elemento po&eacute;tico activo y concreto.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; 8. El <em>Woyzeck</em> de B&uuml;chner, como reacci&oacute;n contra nuestros propios principios, y como ejemplo de lo que puede obtenerse esc&eacute;nicamente de un texto preciso.</p><p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; 9. Obras del teatro isabelino, despojadas de su texto, y conservando s&oacute;lo el atav&iacute;o de &eacute;poca, las situaciones, los personajes y la acci&oacute;n.</p>]]></description><pubDate>Tue, 22 Nov 2005 00:06:00 +0000</pubDate></item><item><title>Aldous Huxley - Propaganda bajo una dictadura</title><link>https://marginal.blogia.com/2005/040802-aldous-huxley-propaganda-bajo-una-dictadura.php</link><guid isPermaLink="true">https://marginal.blogia.com/2005/040802-aldous-huxley-propaganda-bajo-una-dictadura.php</guid><description><![CDATA[En el proceso a que fue sometido después de la Segunda Guerra Mundial, Albert Speer, el ministro de Armamentos de Hitler, pronunció un largo discurso en el que, con notable sagacidad, describió la tiranía nazi y analizó sus métodos. "La dictadura de Hitler -dijo- difirió en un punto fundamental de todas sus predecesoras en la historia. Fue la primera dictadura del presente periodo de desarrollo técnico moderno, una dictadura que hizo un uso completo de todos los medios técnicos para la dominación de su propio país.<br>Mediante elementos técnicos como la radio y el alto-parlante, ochenta millones de personas fueron privadas del pensamiento independiente. Es así como se pudo someterlas a la voluntad de un hombre... Los dictadores anteriores habían necesitado colaboradores muy calificados hasta en el más bajo de los niveles, hombres que pudieran pensar y actuar con independencia. En el periodo del desarrollo técnico moderno, el sistema totalitario puede prescindir de tales hombres; gracias a los modernos métodos de comunicación, es posible mecanizar las jefaturas de los grados inferiores. Como consecuencia de esto, ha surgido el nuevo tipo de recibidor de órdenes sin espíritu crítico".<br><br>En el Mundo Feliz de mi fábula profética, la tecnología había avanzado mucho más allá del punto que había alcanzado en los días de Hitler; consiguientemente, los recibidores de órdenes tenían mucho menos sentido crítico que sus colegas nazis y obedecían mucho más al escogido grupo de donde las órdenes partían. Además, habían sido uniformados genéticamente y condicionados postnatalmente para que cumplieran sus funciones subordinadas, y cabía confiar, por tanto, en que se comportaran en forma casi tan previsible como se comportan las máquinas.<br><br>Como veremos en un capítulo posterior, este acondicionamiento de las "jefaturas de los grados inferiores" está ya en marcha en las dictaduras comunistas. Los chinos y los rusos no se limitan a confiar en los efectos indirectos de la tecnología creciente; trabajan directamente en los organismos psicofísicos de sus dirigentes subalternos, sometiéndolos, en mentes y cuerpos, a un sistema de implacable y, desde todos los puntos de vista, muy efectivo acondicionamiento. "Muchos hombres -dijo Speer-se han sentido obsesionados por la pesadilla de que llegue un día en que las naciones puedan ser dominadas por medios técnicos. Esta pesadilla casi fue realizada en el sistema totalitario de Hitler". Casi, pero no completamente. Los nazis no tuvieron tiempo -y tal vez no tuvieron la inteligencia ni el necesario conocimiento-para lavar cerebralmente y acondicionar a sus dirigentes subalternos. Cabe que sea esta una de las razones de su fracaso.<br><br>Desde los tiempos de Hitler, el arsenal de elementos técnicos a disposición de un presunto dictador ha aumentado mucho. Además de la radio, el altoparlante, la cámara cinematográfica y la prensa rotativa, el propagandista contemporáneo puede utilizar la televisión para difundir la imagen de su cliente al mismo tiempo que su voz y puede registrar tanto la imagen como la voz en carretes de cinta magnética.<br><br>Gracias al proceso tecnológico, el Gran Hermano puede actualmente ser casi tan ubicuo como Dios. Y no es solamente en el frente técnico donde los brazos del presunto dictador se han fortalecido. Se ha trabajado mucho desde la época de Hitler en esos campos de la psicología y la neurología aplicadas que son el dominio especial del propagandista: el [a]doctrinante y lavador de cerebros. En lo pasado, estos especialistas en el arte de cambiar mentalmente a la gente eran empíricos. Con el método de ensayo y error, elaboraron cierto número de técnicas y procedimientos y los utilizaron con mucha eficacia, aunque no supieran con precisión por qué eran eficaces.<br><br>Actualmente, el arte de gobernar las mentes ajenas lleva camino de convertirse en ciencia. Quienes practican esta ciencia saben lo que están haciendo y por qué lo hacen. Tienen como guías de su tarea teorías e hipótesis que han quedado sólidamente establecidas sobre macizos cimientos de pruebas experimentales. Gracias a las nuevas percepciones y a las nuevas técnicas que estas percepciones permiten, la pesadilla que "casi fue realizada en el sistema totalitario de Hitler" puede hacerse antes de mucho completamente realizable. Pero, antes de examinar estas nuevas percepciones y técnicas, echemos una mirada a la pesadilla que casi se convirtió en realidad en la Alemania nazi. Cuáles fueron los métodos que utilizaron Hitler y Goebbels para "privar a ochenta millones de personas del pensamiento independiente y someterlas a la voluntad de un hombre"? Y, cuál fue la teoría de la naturaleza humana sobre la que se basaron estos métodos terriblemente eficaces? Estas preguntas pueden ser contestadas, en su mayor parte, con las propias palabras de Hitler. Y qué palabras más claras y astutas son! <br><br>Cuando escribe acerca de esas vastas abstracciones como Raza, Historia y Providencia, Hitler es estrictamente ilegible. Pero, cuando escribe acerca de las masas alemanas y de los métodos que utilizó para dominarlas y dirigirlas, su estilo cambia. La insensatez cede el sitio al buen sentido y las jactancias a una lucidez dura y cínica. En sus lucubraciones filosóficas, Hitler se limitaba a soñar despierto o a reproducir las nociones a medio cocinar de otras personas. En sus comentarios sobre las multitudes y la propaganda, escribía de cosas que conocía por una experiencia inmediata. Según las palabras de su biógrafo más capaz, el señor Alan Bullock, "Hitler fue el más grande demagogo de la historia. Quienes añaden 'sólo un demagogo', no tienen en cuenta la naturaleza del poder político en la era de la política de masas. Como él mismo dijo, ser un jefe significa ser capaz de mover a las masas". <br><br>La finalidad de Hitler era en primer lugar mover a las masas y, luego, una vez apartadas las masas de sus fidelidades y su moral tradicionales, imponerles (con el hipnotizado consentimiento de la mayoría) un nuevo orden autoritario de [su] creación personal. Hermann Rauschning escribió en 1939: "Hitler tenía un profundo respeto por la Iglesia católica y la orden de los jesuitas; no a causa de su doctrina cristiana, sino a causa de la maquinaria que habían elaborado y dirigían, de su sistema jerárquico, de sus tácticas en extremo inteligentes, de su conocimiento de la naturaleza humana y de su sabio empleo de las debilidades humanas para gobernar a los creyentes".<br><br>Clericalismo sin cristianismo, la disciplina de una orden monástica, no en aras de Dios o para el logro de la salvación personal, sino en aras del Estado y para la gloria y el poder del demagogo convertido en Jefe: tal fue la meta a donde debía dirigirse el sistemático desplazamiento de las masas.<br>Veamos qué pensaba Hitler de las masas que movía y cómo lograba moverlas. El primer principio del que partía era un juicio de valoración: las masas son merecedoras de un desprecio absoluto. Son incapaces de todo pensamiento abstracto y se desinteresan de cuanto esté fuera del círculo de su experiencia inmediata. Su comportamiento está determinado no por el conocimiento y la razón, sino por los sentimientos e impulsos inconscientes. Es en estos impulsos y sentimientos donde "están las raíces de sus actitudes, positivas o negativas". Para triunfar, un propagandista debe aprender el manipuleo de estos instintos y emociones.<br>"La fuerza impulsora que ha provocado las más tremendas revoluciones en el mundo nunca ha sido un cuerpo de doctrina científica que haya conquistado a las masas, sino invariablemente, una devoción que las ha inspirado y, con frecuencia, una especie de histeria que las ha arrastrado a la acción. Quien desee conquistar a las masas debe saber dónde está la llave que ha de abrir la puerta de sus corazones". En la jerga postfreudiana, la puerta de su inconsciente.<br><br>Hitler atrajo especialmente a aquellos miembros de las capas inferiores de la clase media, que habían sido arruinados por la inflación de 1923 y, arruinados por segunda vez por la depresión de 1929 y de los años siguientes. Las "masas" de las que Hitler habla son esos millones de seres perplejos, frustrados y crónicamente angustiados. Para hacerlos más masa todavía, más homogéneamente subhumanos, los reunía, por miles y decenas de miles en vastos locales y estadios, donde el individuo podía perder su identidad personal y hasta su humanidad elemental y quedar fusionado con la multitud. Un hombre o una mujer establecen contacto directo con la sociedad de dos modos: como miembro de algún grupo familiar, profesional o religioso, o como miembro de una multitud. Los grupos pueden ser tan morales e inteligentes como los individuos que los forman; una multitud es caótica, no tiene propósitos propios y es capaz de cualquier cosa, salvo de acción inteligente y de sentido realista. Reunidas en una multitud, las personas pierden su poder de razonamiento y su capacidad de opción moral. Se hacen más sugestionables hasta el punto de que dejan de pensar o querer por cuenta propia. Se excitan muchísimo, pierden todo sentido de la responsabilidad individual o colectiva y suelen tener repentinos accesos de rabia, entusiasmo y pánico. En pocas palabras, un hombre en una multitud se comporta como si hubiese ingerido una fuerte dosis de algún poderoso tóxico. Es víctima de lo que yo he denominado "envenenamiento de rebaño". Como el alcohol, el veneno de rebaño es una droga activa, extrovertida. El individuo con embriaguez de multitud escapa de la responsabilidad, la inteligencia y la moral y entra en una especie de irracional animalidad frenética.<br><br>Durante su larga carrera de agitador, Hitler había estudiado los efectos del veneno de rebaño y aprendido cómo explotarlos para sus propios fines. Había descubierto que el orador puede apelar a esas "fuerzas ocultas" que motivan los actos de los hombres con mucha más eficacia que el escritor. Leer es una actividad privada, no colectiva. El escritor habla únicamente a individuos, instalados a solas, en un estado de sobriedad normal. El orador habla a masas de individuos, ya muy afectados por el veneno de rebaño.<br>Son gente a la merced del orador y, si este conoce su oficio, puede hacer con ellos lo que quiera. Como orador, Hitler conocía su oficio maravillosamente bien. Podía, según sus propias palabras: "Dejarse guiar por la gran masa de tal modo que la emoción viva de sus oyentes le sugería la palabra apta que necesitaba, palabra que a su vez iba [directamente] al corazón del auditorio". Otto Strasser llamó a Hitler "un altoparlante que proclamaba los deseos más secretos, los instintos menos admisibles, los padecimientos y revueltas personales de toda una nación". <br><br>Veinte años antes de que Madison Avenue se lanzara a la "investigación de las motivaciones", a la llamada motivational research, Hitler estaba ya explorando y explotando sistemáticamente los miedos y esperanzas secretos, las aspiraciones, las angustias y las frustraciones de las masas alemanas. Es manipulando "fuerzas ocultas" como los peritos en publicidad nos inducen a comprar sus mercancías: una pasta de dientes, una marca de cigarrillos, un candidato político. Y fue acudiendo a las mismas fuerzas ocultas -y a otras demasiado peligrosas para que la Madison Avenue recurra a ellas- como Hitler indujo a las masas alemanas a que se compraran un Führer, una insana filosofía y la Segunda Guerra Mundial.<br><br>En contraste con las masas, los intelectuales tienen afición a la racionalidad e interés por los hechos. Su hábito mental crítico los hace resistentes a la clase de propaganda que funciona también sobre la mayoría.<br><br>Entre las masas "el instinto es supremo y del instinto surge la fe... Mientras la sana gente común estrecha instintivamente sus filas para formar la comunidad de un pueblo (bajo un Jefe, sobra decirlo), los intelectuales van de un lado a otro, como gallinas en un gallinero. Con ellos no se puede hacer historia; no pueden ser utilizados como elementos componentes de una comunidad". <br><br>Los intelectuales son esa clase de gente que reclama pruebas y se escandaliza con las incoherencias y falacias lógicas. Ven en la simplificación excesiva el pecado original de la inteligencia y no saben qué hacer con los lemas, los asertos no calificados y las generalizaciones radicales que son la mercancía del propagandista.<br><br>Hitler escribió: "Toda propaganda efectiva debe limitarse a unas cuantas necesidades desnudas y expresarse luego en unas cuantas fórmulas estereotipadas". Estas fórmulas estereotipadas deben ser repetidas constantemente, porque "sólo la repetición constante logrará finalmente grabar una idea en la memoria de una multitud". La filosofía nos enseña a sentir incertidumbre ante las cosas que nos parecen evidentes. La propaganda, en cambio, nos enseña a aceptar como evidentes cosas sobre las cuales sería razonable suspender nuestro juicio o sentir dudas. La finalidad del demagogo es crear la cohesión social bajo su propia jefatura. Pero, como Bertrand Russell ha señalado, "Los sistemas dogmáticos sin cimientos empíricos, como el escolasticismo, el marxismo y el fascismo, tienen la ventaja de producir una considerable cohesión social entre sus discípulos". El propagandista demagógico debe, por tanto, ser consecuentemente dogmático. Todas sus declaraciones deben hacerse sin calificación alguna.<br><br>No hay grises en su cuadro del mundo: todo es diabólicamente negro o celestialmente blanco. Como dijo Hitler, el propagandista debe adoptar "una actitud sistemáticamente unilateral frente a cualquier problema que aborde". Nunca debe admitir que tal vez esté equivocado o que las personas con una opinión distinta tal vez tengan parcialmente [la] razón. No se debe discutir con los adversarios. Hay que atacarlos, callarlos a gritos o, si molestan demasiado, liquidarlos. El intelectual, moralmente remilgado, tal vez se escandalice de una cosa así. Pero las masas siempre están convencidas de que "el derecho está de parte del agresor activo".<br><br>Tal era, pues, la opinión que tenía Hitler de la humanidad como masa. Era una opinión muy baja. ¿Era también una opinión inexacta? El árbol suele ser conocido por sus frutos y una teoría de la naturaleza humana que inspiró técnicas que demostraron tan horriblemente su eficacia debe contener por lo menos un elemento de verdad. La virtud y la inteligencia pertenecen a los seres humanos como individuos que se asocian libremente con otros individuos en pequeños grupos. Otro tanto sucede con el pecado y la estupidez. Pero la necesidad subhumana a la que el demagogo recurre y la imbecilidad moral en la que confía cuando aguijonea a sus víctimas para que entren en acción son características, no de los hombres y mujeres como individuos, sino de los hombres y mujeres en masas. La necedad y el idiotismo moral no son atributos característicamente humanos: son síntomas del envenenamiento de rebaño. En todas las religiones superiores del mundo, la salvación y la iluminación son para los individuos. El reino de los cielos está dentro del espíritu de una persona, no dentro del espíritu colectivo de una multitud. Cristo prometió estar presente allí donde dos o tres se congregaran.<br>No dijo nunca que estaría presente donde miles se estuvieran intoxicando mutuamente con el veneno de rebaño. Bajo los nazis, muchedumbres enormes se veían obligadas a pasar una enorme cantidad de tiempo marchando en apretadas filas del punto A al punto B y de nuevo al punto A. <br><br>Hermann Rauschning añade: "Esta manera de mantener a toda una población en marcha pareció un insensato derroche de tiempo y energía.<br>Sólo mucho después se reveló en ella una sutil intención basada en una bien calculada adaptación de medios afines. La marcha evita que los hombres piensen. La marcha mata el pensamiento. La marcha pone término a la individualidad. La marcha es el indispensable toque mágico que acostumbra a la gente a una actividad mecánica y casi ritual, a una actividad que acaba convirtiéndose en una segunda naturaleza".<br><br>Desde su punto de vista y en el nivel en que decidió hacer su espantoso trabajo, Hitler acertó perfectamente en su estimación de la naturaleza humana. Para quienes ven en los hombres y mujeres individuos, más que miembros de una multitud o de colectividades uniformadas, estuvo odiosamente equivocado. ¿Cómo podemos preservar la integridad del individuo humano y reafirmar su valor en la época de un exceso de población y un exceso de organización que se están acelerando, y de unos medios de comunicación en masa cada vez más eficientes? Es una pregunta que cabe hacer todavía y que tal vez pueda ser efectivamente contestada. Transcurrida otra generación, tal vez será demasiado tarde para contestarla y tal vez imposible, en el sofocante clima colectivo de ese tiempo futuro, hasta simplemente formularla.]]></description><pubDate>Fri, 08 Apr 2005 20:58:00 +0000</pubDate></item><item><title>Joan Montaner - Poemas</title><link>https://marginal.blogia.com/2005/040801-joan-montaner-poemas.php</link><guid isPermaLink="true">https://marginal.blogia.com/2005/040801-joan-montaner-poemas.php</guid><description><![CDATA[Serà tan fàcil partir<br>de entre las sàbanas de esta vida,<br>siempre es tan fàcil partir,<br>cruzar ligero hacia la otra orilla,<br>deslizarse suavemente hacia el final<br>mucho màs allà de la sombra azul<br>y sin un gesto decir el ùltimo sì<br>al nada desconocido<br>que todavìa espera.<br>Tan lejos de mi partir,<br>cuando en la calma poseo<br>los verdes màgicos de este paìs<br>que me dice quièn soy<br>y porquè siento<br>y juguetear con mi pecho,<br>criatura amada que todavìa envidio.<br>Tan lejos de mi partir<br>que ni siquiera he pensado<br>en lo que abandono.<br>Y no te digo que me voy, sino<br>todo lo contrario<br>tal vez llegue ahora:<br>tòmame fuertemente de la mano<br>y no la dejes cuando me aleje...<br>no la dejes nunca.<br>Tan cerca sè mi partida<br>que te dejo luz en la ventana<br>asì tal vez creeràs que estoy aquì<br>cuando la nostalgia<br>vencerà tus noches:<br>decirte que sì, tozudamente<br>que vale la pena si decides seguir.<br>Tan cerca sè mi partida<br>que ni siquiera<br>los acordes me poseen.<br>No me irè nunca de aquì<br>si en un rincòn de tu sonrisa<br>me ofreces un pequeño cobijo<br>donde no estorbe tu vida.<br>¿lo has entendido?. Yo soy asì<br>y en tì abandono mi porvenir<br>porque no me irè nunca de aquì<br>mientras sienta que me respiras<br>muy dentro de mì.]]></description><pubDate>Fri, 08 Apr 2005 20:42:00 +0000</pubDate></item><item><title>Samuel Beckett - El Final</title><link>https://marginal.blogia.com/2005/040605-samuel-beckett-el-final.php</link><guid isPermaLink="true">https://marginal.blogia.com/2005/040605-samuel-beckett-el-final.php</guid><description><![CDATA[El final<br /><br />Me vistieron y me dieron dinero. Yo sab&iacute;a para qu&eacute; iba a servir el dinero, iba a servir para ponerme de patitas en la calle. Cuando lo hubiera gastado deber&iacute;a procurarme m&aacute;s, si quer&iacute;a continuar. Lo mismo los zapatos, cuando estuvieran usados deber&iacute;a ocuparme de que los arreglaran, o continuar descalzo, si quer&iacute;a continuar. Lo mismo la chaqueta y el pantal&oacute;n, no necesitaban dec&iacute;rmelo, salvo que yo podr&iacute;a continuar en mangas de camisa, si quer&iacute;a. Las prendas&mdash;zapatos, calcetines, pantal&oacute;n, camisa, chaqueta y sombrero&mdash;no eran nuevas, pero el muerto deb&iacute;a ser poco m&aacute;s o menos de mi talla. Es decir que &eacute;l debi&oacute; ser un poco menos alto que yo, un poco menos grueso, porque las prendas no me ven&iacute;an tan bien al principio como al final. Sobre todo la camisa, durante mucho tiempo no pod&iacute;a cerrarme el cuello, ni por consiguiente alzar el cuello postizo, ni recoger los faldones, con un imperdible, entre las piernas, como mi madre me hab&iacute;a ense&ntilde;ado. Debi&oacute; endomingarse para ir a la consulta, por primera vez quiz&aacute;, no pudiendo m&aacute;s. Sea como fuere, el sombrero era hongo, en buen estado. Dije, Tengan su sombrero y devu&eacute;lvanme el m&iacute;o. A&ntilde;ad&iacute;, Devu&eacute;lvanme mi abrigo. Respondieron que lo hab&iacute;an quemado, con mis dem&aacute;s prendas. Comprend&iacute; entonces que acabar&iacute;a pronto, bueno, bastante pronto. Intent&eacute; a continuaci&oacute;n cambiar el sombrero por una gorra, o un fieltro que pudiera doblarse sobre la cara, pero sin mucho &eacute;xito. Pero yo no pod&iacute;a pasearme con la cabeza al aire, en vista del estado de mi cr&aacute;neo. El sombrero era en principio demasiado peque&ntilde;o, pero luego se acostumbr&oacute;. Me dieron una corbata, despu&eacute;s de largas discusiones. Me parec&iacute;a bonita, pero no me gustaba. Cuando lleg&oacute; por fin estaba demasiado fatigado para devolverla. Pero acab&oacute; por serme &uacute;til. Era azul, como con estrillas. Yo no me sent&iacute;a bien, pero me dijeron que estaba bastante bien. No dijeron expresamente que nunca estar&iacute;a mejor que ahora, pero se sobreentend&iacute;a. Yac&iacute;a inerte sobre la cama e hicieron falta tres mujeres para quitarme los pantalones. No parec&iacute;an interesarse mucho por mis partes que a decir verdad nada ten&iacute;an de particular. Tampoco yo me interesaba mucho. Pero hubieran podido decir cualquier cosita. Cuando acabaron me levant&eacute; y acab&eacute; de vestirme solo. Me dijeron que me sentara en la cama y esperara. Toda la ropa de cama hab&iacute;a desaparecido. Me indignaba el hecho de que no hubieran permitido esperar en el lecho familiar y no as&iacute; de pie, en el fr&iacute;o, en estas ropas que ol&iacute;an a azufre. Dije, Me pod&iacute;an, haber dejado en mi cama hasta el &uacute;ltimo momento.<br /><br />Entraron hombres con batas, con mazos en la mano. Desmontaron la cama y se llevaron las piezas. Una de las mujeres les sigui&oacute; y volvi&oacute; con una silla que coloc&oacute; ante m&iacute;. Hab&iacute;a hecho bien en mostrarme indignado. Pero para demostrarles hasta qu&eacute; punto estaba indignado por no haberme dejado en mi cama mand&eacute; la silla a hacer pu&ntilde;etas de una patada. Un hombre entr&oacute; y me hizo una se&ntilde;a para que le siguiera. En el vest&iacute;bulo me dio un papel para firmar. &iquest;Qu&eacute; es esto, dije, un salvoconducto? Es un recibo, dijo, por la ropa y el dinero que ha recibido usted. &iquest;Qu&eacute; dinero? Dije. Fue entonces cuando recib&iacute; el dinero. Pensar que hab&iacute;a estado a punto de marcharme sin un c&eacute;ntimo en el bolsillo. La cantidad no era grande, comparada con otras cantidades, pero a m&iacute; me parec&iacute;a grande. Ve&iacute;a los objetos familiares, compa&ntilde;eros de tantas horas soportables. El taburete, por ejemplo, &iacute;ntimo como el que m&aacute;s. Las largas tardes juntos, esperando la hora de irme a la cama. Por un momento sent&iacute; que me invad&iacute;a su vida de madera hasta no ser yo mismo m&aacute;s que un viejo pedazo de madera. Hab&iacute;a incluso un agujero para mi quiste. Despu&eacute;s en el cristal el sitio en donde se hab&iacute;a raspado el esmalte y por donde en las horas de congoja yo deslizara la vista, y rara vez en vano. Se lo agradezco mucho, dije, &iquest;hay una ley que le impide echarme a la calle, desnudo y sin recursos? Eso nos perjudicada, a la larga, respondi&oacute; &eacute;l. No hay medio de que me admitan todav&iacute;a un poco, dije, yo pod&iacute;a ser &uacute;til. &Uacute;til, dijo, &iquest;de verdad estar&iacute;a dispuesto a ser &uacute;til? Despu&eacute;s de un momento continu&oacute;, Si le creyeran a usted realmente dispuesto a ser &uacute;til, le admitir&iacute;an, estoy seguro. Cu&aacute;ntas veces hab&iacute;a dicho que iba a ser &uacute;til, no iba a empezar otra vez. &iexcl;Qu&eacute; d&eacute;bil me sent&iacute;a! Este dinero, dije, quiz&aacute; quieran recuperarlo y cobijarme todav&iacute;a un poco. Somos una instituci&oacute;n de caridad, dijo, y el dinero es un regalo que le hacemos cuando se va. Cuando lo haya gastado debe procurarse m&aacute;s, si quiere continuar. No vuelva nunca aqu&iacute; pase lo que pase, porque ya no le admitir&iacute;amos. Nuestras sucursales le rechazar&iacute;an igualmente. &iexcl;Exelmans! exclam&eacute;. Vamos, vamos, dijo, adem&aacute;s no se le entiende ni la d&eacute;cima parte de lo que dice. Soy tan viejo, dije. No tanto, dijo. &iquest;Me permite que me quede aqu&iacute; un momentito, dije, hasta que cese la lluvia? Puede usted esperar en el claustro, dijo, la lluvia no cesar&aacute; en todo el d&iacute;a. Puede usted esperar en el claustro hasta las seis, ya oir&aacute; la campana. Si le preguntan no tiene m&aacute;s que decir que tiene usted permiso para guarecerse en el claustro. &iquest;Qu&eacute; nombre debo decir?, dije. Weir, dijo.<br /><br />No llevaba mucho tiempo en el claustro cuando la lluvia ces&oacute; y el sol apareci&oacute;. Estaba bajo y deduje que ser&iacute;an cerca de las seis, teniendo en cuenta la &eacute;poca del a&ntilde;o. Me qued&eacute; all&iacute; mirando bajo la b&oacute;veda el sol que se pon&iacute;a tras el claustro. Apareci&oacute; un hombre y me pregunt&oacute; qu&eacute; hac&iacute;a. &iquest;Qu&eacute; desea? eso dijo. Muy amable. Respond&iacute; que ten&iacute;a permiso del se&ntilde;or Weir para quedarme en el claustro hasta las seis. Se fue, pero volvi&oacute; en seguida. Debi&oacute; hablar con el se&ntilde;or Weir en el intervalo, porque dijo, No debe usted quedarse en el claustro ahora que ya no llueve.<br /><br />Ahora avanzaba a trav&eacute;s del jard&iacute;n. Hab&iacute;a esa luz extra&ntilde;a que cierra una jornada de lluvia persistente, cuando el sol aparece y el cielo se ilumina demasiado tarde para que sirva ya para algo. La tierra hace un ruido como de suspiros y las &uacute;ltimas gotas caen del cielo vaciado y sin nubes. Un ni&ntilde;o, tendiendo las manos y levantando la cabeza hacia el cielo azul, pregunt&oacute; a su madre c&oacute;mo era eso posible. Vete a la mierda, dijo ella. Me acord&eacute; de pronto que hab&iacute;a olvidado pedir al se&ntilde;or Weir un pedazo de pan. Seguramente me lo hubiera dado. Lo pens&eacute;, durante nuestra conversaci&oacute;n, en el vest&iacute;bulo. Me dec&iacute;a, Acabemos primero lo que nos estamos diciendo, luego se lo preguntar&eacute;. Yo sab&iacute;a perfectamente que no me readmitir&iacute;an. A gusto hubiera desandado el camino, pero tem&iacute;a que uno de los guardianes me detuviera dici&eacute;ndome que nunca volver&iacute;a a ver al se&ntilde;or Weir. Lo que hubiera aumentado mi pesar. Por otra parte no me volv&iacute;a nunca en esos casos.<br /><br />En la calle me encontraba perdido. Hac&iacute;a mucho tiempo que no hab&iacute;a puesto los pies en esta parte de la ciudad y la encontr&eacute; muy cambiada. Edificios enteros hab&iacute;an desaparecido, las empalizadas hab&iacute;an cambiado de sitio y por todas partes ve&iacute;a en grandes letras nombres de comerciantes que no hab&iacute;a visto en ninguna parte y que incluso me hubiera costado pronunciar. Hab&iacute;a calles que no recordaba haber visto en su actual emplazamiento, entre las que recordaba varias hab&iacute;an desaparecido y por &uacute;ltimo otras hab&iacute;an cambiado completamente de nombre. La impresi&oacute;n general era la misma de anta&ntilde;o. Es verdad que conoc&iacute;a muy mal la ciudad. Era quiz&aacute;s una ciudad completamente distinta. No sab&iacute;a d&oacute;nde se supon&iacute;a que deb&iacute;a ir l&oacute;gicamente. Tuve la enorme suerte, varias veces, de evitar que me aplastaran. Estaba siempre dispuesto a re&iacute;r, con esa risa s&oacute;lida y sin malicia que tan buena es para la salud. A fuerza de conservar el lado rojo del cielo lo m&aacute;s posible a mi derecha llegu&eacute; por fin al r&iacute;o. All&iacute; todo parec&iacute;a, a primera vista, m&aacute;s o menos tal y como lo hab&iacute;a dejado. Pero mirando con m&aacute;s atenci&oacute;n hubiera descubierto muchos cambios sin duda. Eso hice m&aacute;s tarde. Pero el aspecto general del r&iacute;o, fluyendo entre sus muelles y bajo sus puentes, no hab&iacute;a cambiado. El r&iacute;o en particular me daba la impresi&oacute;n, como siempre, de correr en el mal sentido. Todo esto son mentiras, me doy perfecta cuenta. Mi banco estaba a&uacute;n en su sitio. Se le hab&iacute;a excavado seg&uacute;n la forma del cuerpo sentado. Se encontraba junto a un abrevadero, regalo de una tal se&ntilde;ora Maxwell a los caballos de la ciudad, conforme la inscripci&oacute;n. Durante el tiempo que me qued&eacute; all&iacute; varios caballos sacaron provecho del regalo. O&iacute;a los hierros y el clic clac del arn&eacute;s. Despu&eacute;s el silencio. Era el caballo quien me miraba. Despu&eacute;s el ruido de guijarros arrastrados en el barro que hacen los caballos al beber. Despu&eacute;s otra vez el silencio. Era el caballo quien me miraba otra vez. Despu&eacute;s otra vez los guijarros. Despu&eacute;s otra vez el silencio. Hasta que el caballo hubo acabado de beber o el carretero consider&oacute; que hab&iacute;a bebido suficiente. Los caballos no estaban tranquilos. Una vez, cuando ces&oacute; el ruido, me volv&iacute; y vi el caballo que me miraba. El carretero tambi&eacute;n me miraba. La se&ntilde;ora Maxwell se hubiera puesto muy contenta si hubiera podido ver a su abrevadero prestar tales servicios a los caballos de la ciudad. Llegada la noche, despu&eacute;s de un crep&uacute;sculo muy largo, me quit&eacute; el sombrero que me hac&iacute;a da&ntilde;o. Deseaba estar otra vez encerrado, en un sitio herm&eacute;tico, vac&iacute;o y caliente, con luz artificial una l&aacute;mpara de petr&oacute;leo a ser posible, cubierta con una pantalla rosa preferentemente. Vendr&iacute;a alguien de vez en cuando a asegurarse que me encontraba bien y no necesitaba nada. Hac&iacute;a mucho tiempo que no hab&iacute;a tenido verdaderas ganas de algo y el efecto sobre m&iacute; fue horrible.<br /><br />En los d&iacute;as siguientes visit&eacute; varios inmuebles, sin mucho &eacute;xito. Normalmente me cerraban la puerta en las narices, incluso cuando ense&ntilde;aba mi dinero, diciendo que pagar&iacute;a una semana por adelantado, o incluso dos. Ya pod&iacute;a yo exhibir mis mejores maneras, sonre&iacute;r y hablar con toda precisi&oacute;n, no hab&iacute;a acabado a&uacute;n con mis cumplidos cuando me cerraban la puerta en las narices. Perfeccion&eacute; en esta &eacute;poca una forma de descubrirme a la vez digna y cort&eacute;s, sin bajeza ni insolencia. Hac&iacute;a deslizar &aacute;gilmente mi sombrero hacia delante, lo manten&iacute;a un momento colocado de tal forma que no se pod&iacute;a ver mi cr&aacute;neo, despu&eacute;s con el mismo deslizamiento lo volv&iacute;a a poner en su sitio. Hacer esto con naturalidad, sin provocar una impresi&oacute;n desagradable, no es f&aacute;cil. Cuando consideraba que bastar&iacute;a con tocarme el sombrero, naturalmente me limitaba a tocarme el sombrero. Pero tocarse el sombrero no es f&aacute;cil tampoco. M&aacute;s tarde resolv&iacute; el problema, de capital importancia en las &eacute;pocas dif&iacute;ciles, llevando un viejo kep&iacute; brit&aacute;nico y saludando a lo militar, no, falso, en fin, no lo s&eacute;, conservaba mi sombrero despu&eacute;s de todo. Jam&aacute;s comet&iacute; la falta de lleva medallas. Ciertas mujeres ten&iacute;an tanta necesidad de dinero que me dejaban pasar en seguida y me ense&ntilde;aban la habitaci&oacute;n. Pero no pude entenderme con ninguna. Finalmente consegu&iacute; alojarme en un s&oacute;tano. Con aquella me entend&iacute; r&aacute;pidamente. Mis fantas&iacute;as, ese t&eacute;rmino emple&oacute;, no le daban miedo. Insisti&oacute; si embargo en hacer la cama y limpiar la habitaci&oacute;n un vez por semana, en lugar de una vez al mes, como yo le hab&iacute;a pedido. Me dijo que durante la limpieza, que ser&iacute;a r&aacute;pida, podr&iacute;a esperar en el patinillo de al lado. A&ntilde;adi&oacute;, con mucha comprensi&oacute;n, que nunca me echar&iacute;a con mal tiempo. Aquella mujer era griega, creo, o turca. Nunca hablaba de s&iacute; misma. Yo ten&iacute;a en la cabeza que era viuda o al menos abandonada. Ten&aacute; un acento extra&ntilde;o. Y yo tambi&eacute;n, a fuerza de asimilar las vocales y suprimir las consonantes.<br /><br />Ahora ya no sab&iacute;a d&oacute;nde estaba, ten&iacute;a una vaga imagen, ni siquiera, no ve&iacute;a nada, de una enorme casa de cinco o seis pisos. Me parec&iacute;a que formaba cuerpo con otras casas. Llegu&eacute; al crep&uacute;sculo y no prest&eacute; a los alrededores la atenci&oacute;n que quiz&aacute; les hubiera dedicado de sospechar que iban a cerrarse sobre m&iacute;. No deb&iacute;a por decirlo as&iacute; esperar m&aacute;s. Es cierto que cuando sal&iacute; de esta casa hac&iacute;a un tiempo radiante, pero yo no miraba nunca hacia atr&aacute;s al irme. Deb&iacute; leerlo en alguna parte, cuando era peque&ntilde;o y todav&iacute;a le&iacute;a, que val&iacute;a m&aacute;s no volver la cabeza al marcharse. Y sin embargo me sorprend&iacute;a haci&eacute;ndolo. Pero incluso sin contar con esto me parece que deb&iacute; ver algo al irme. &iquest;Pero el qu&eacute;? Recuerdo solamente mis pies que sal&iacute;an de mi sombra uno tras otro. Los zapatos se hab&iacute;an resquebrajado y el sol acusaba las grietas del cuero.<br /><br />Estaba bien en esta casa, debo decirlo. Aparte algunas ratas estaba solo en el s&oacute;tano. La mujer observaba nuestra convivencia lo mejor posible. Tra&iacute;a hacia mediod&iacute;a una bandeja llena de comida y se llevaba el de la v&iacute;spera. Tra&iacute;a al mismo tiempo una palangana limpia. Ten&iacute;a un asa enorme por donde met&iacute;a el brazo, conservando as&iacute; las dos manos libres para llevar la bandeja. Despu&eacute;s ya no la ve&iacute;a sino por azar cuando asomaba la cabeza para asegurarse de que no hab&iacute;a ocurrido nada. No necesitaba afecto afortunadamente. Desde mi cama ve&iacute;a los pies que iban y ven&iacute;an por la acera. Ciertas tardes, cuando hac&iacute;a buen tiempo y me sent&iacute;a con &aacute;nimos, me iba con la silla al patinillo y miraba entre las faldas de las que pasaban. M&aacute;s de una pierna se me hizo as&iacute; familiar. Una vez mand&eacute; a buscar una cebolla azafranada y la plant&eacute; en el patinillo sombr&iacute;o, en un bote viejo. Deb&iacute;a ser por primavera, no eran las condiciones &oacute;ptimas probablemente. Dej&eacute; el bote fuera, atado a un cordel que pasaba por la ventana. Por la tarde, cuando hac&iacute;a buen tiempo, un hilo de luz trepaba a lo largo del muro. Me instalaba entonces frente a la ventana y tiraba del cordel, para mantener el bote a la luz, y al calor. No deb&iacute;a ser muy c&oacute;modo, no acabo de entender c&oacute;mo me las arreglaba. No eran las condiciones &oacute;ptimas probablemente. Reverdeci&oacute;, pero nunca tuvo flores, apenas un tallo macilento provisto de hojas clor&oacute;ticas. Me hubiera alegrado tener un azafr&aacute;n amarillo o un jacinto, pero la cosa es que no iba a cumplirse. Ella quer&iacute;a llev&aacute;rselo, pero yo le dije que lo dejara. Quer&iacute;a comprarme otro, pero le dije que no quer&iacute;a otro. Lo que m&aacute;s me crispaba eran los gritos de los vendedores de peri&oacute;dicos. Pasaban corriendo todos los dias, gritando el nombre de los peri&oacute;dicos e incluso las noticias sensacionales. Los ruidos que ven&iacute;an de la casa me crispaban menos. Una ni&ntilde;a, &iquest;o era un ni&ntilde;o? cantaba todas las tardes a la misma hora en alg&uacute;n lugar encima de m&iacute;. Durante mucho tiempo no consegui coger las palabras. Extra&ntilde;as palabras para una ni&ntilde;a, o un ni&ntilde;o. &iquest;Era una canci&oacute;n de mi espiritu, o ven&iacute;a sencillamente de fuera? Era una especie de nana, me parece. A m&iacute; me dorm&iacute;a a menudo. Era a veces una ni&ntilde;a la que ven&iacute;a. Ten&iacute;a largos cabellos rojos que colgaban en dos trenzas. No sab&iacute;a qui&eacute;n era. Correteaba un poco por la habitaci&oacute;n, despu&eacute;s se iba sin haberme dirigido la palabra. Un d&iacute;a recibi la visita de una agente de policia. Dijo que estaba bajo vigilancia, sin explicarme por qu&eacute;. Equ&iacute;voco, eso es, me dijo que yo era equ&iacute;voco. Le dej&eacute; hablar. No se atrev&iacute;a a detenerme. O quiz&aacute; fuera buena persona. Un cura tambi&eacute;n, un d&iacute;a recib&iacute; la visita de un cura. Le inform&eacute; que pertenec&iacute;a a una rama de la iglesia reformada. Me pregunt&oacute; qu&eacute; clase de pastor me gustar&iacute;a ver. Se condena uno, en la iglesia reformada, sin remedio. Era quiz&aacute; buena persona. Me dijo que le avisara si alguna vez necesitaba un servicio. &iexcl;Un servicio! Se present&oacute; y me explic&oacute; d&oacute;nde podr&iacute;a encontrarle. Deber&iacute;a haberlo apuntado.<br /><br />Un d&iacute;a la mujer me hizo una proposici&oacute;n. Dijo que ten&iacute;a necesidad urgente de dinero en met&aacute;lico y que si yo pod&iacute;a proporcionarle un adelanto de seis meses me reducir&iacute;a el alquiler del cuarto durante este per&iacute;odo. No creo que me equivoque mucho. Esto ten&iacute;a la ventaja de hacerme ganar seis semanas (?) de estancia y el inconveniente de agotar casi todo mi peque&ntilde;o capital. Pero &iquest;se pod&iacute;a llamar a esto un inconveniente? &iquest;No me iba a quedar de todas formas hasta el &uacute;ltimo c&eacute;ntimo, y m&aacute;s all&aacute; a&uacute;n, hasta que ella me echara? Le di el dinero y me hizo un recibo.<br /><br />Una ma&ntilde;ana, poco despu&eacute;s de la transacci&oacute;n, me despert&oacute; un hombre que me sacud&iacute;a por el hombro. No pod&iacute;an ser m&aacute;s de las once. Me rog&oacute; que me levantara y abandonara su casa inmediatamente. Era muy pulcro, debo decirlo. Me dijo que su extra&ntilde;eza s&oacute;lo encontraba parang&oacute;n con la m&iacute;a. Era su casa. Su patrimonio. La turca se hab&iacute;a marchado la v&iacute;spera. Pero si la he visto anoche, dije. Debe estar usted en un error, dijo, porque me llev&oacute; las llaves, a mi oficina, ayer por la ma&ntilde;ana lo m&aacute;s tarde. Pero si acabo de entregarle un anticipo de seis meses de alquiler, dije. Que se lo devuelva, dijo. Pero si ignoro su nombre, dije, por no hablar de sus se&ntilde;as. &iquest;Ignora usted su nombre? dijo. Debi&oacute; creer que ment&iacute;a. Estoy enfermo, dije, no puedo marcharme as&iacute; sin previo aviso. No es para tanto, dijo. Propuso ir a buscar un taxi, o una ambulancia, si prefer&iacute;a. Dijo que necesitaba la habitaci&oacute;n, inmediatamente, para su cerdo, cogiendo fr&iacute;o en una carretilla, ante la puerta, y vigilado &uacute;nicamente por un chaval que ni siquiera conoc&iacute;a y que estar&iacute;a probablemente haci&eacute;ndole picias. Pregunt&eacute; si no me podr&iacute;a ceder otro sitio, apenas un rinc&oacute;n donde poder tumbarme, el tiempo de sobreponerme y de tomar mis disposiciones. Dijo que no pod&iacute;a. No es que sea mala persona, a&ntilde;adi&oacute;. Podr&iacute;a vivir aqu&iacute; con el cerdo, dije, me ocupar&iacute;a de &eacute;l. &iexcl;Largos meses de calma, deshechos en un instante! Calma, calma, dijo, no se abandone, ale, hop, de pie, basta. Despu&eacute;s de todo aquello no le importaba. Hab&iacute;a sido realmente paciente. Debi&oacute; visitar el s&oacute;tano mientras yo dorm&iacute;a.<br /><br />Me sent&iacute;a d&eacute;bil. Deb&iacute;a estarlo. La luz resplandeciente me aturd&iacute;a. Un autob&uacute;s me transport&oacute;, al campo. Me sent&eacute; en un prado, al sol. Pero me parece que esto era mucho m&aacute;s tarde. Dispuse hojas bajo mi sombrero en c&iacute;rculo, para procurarme sombra. Acab&eacute; por encontrar un mont&oacute;n de esti&eacute;rcol. Al d&iacute;a siguiente reemprend&iacute; el camino de la ciudad. Me obligaron a bajarme de tres autobuses. Me sent&eacute; al borde de la carretera, al sol, y me sequ&eacute; la ropa. Me gustaba. Me dec&iacute;a, Nada, nada que hacer ahora hasta que est&eacute; seca. Cuando estuvo seca la cepill&eacute; con un cepillo, una especie de almohaza me parece, que encontr&eacute; en un establo. Los establos me han resultado siempre acogedores. Despu&eacute;s me llegu&eacute; hasta la casa en donde mendigu&eacute; un vaso de leche y pan con mantequilla. &iquest;Puedo descansar en el establo? dije. No, dijeron. Yo apestaba a&uacute;n, pero con una fetidez que me agradaba. La prefer&iacute;a con mucho a la m&iacute;a, que se ocultaba ahora bajo la nueva hediondez, sinti&eacute;ndola s&oacute;lo a vaharadas. En los d&iacute;as siguientes trat&eacute; de recuperar mi dinero. No s&eacute; exactamente c&oacute;mo sucedi&oacute;, si es que no pude encontrar la direcci&oacute;n, o si la direcci&oacute;n no exist&iacute;a, o si la griega ya no estaba all&iacute;. Busqu&eacute; el recibo en mis bolsillos, para intentar descifrar el nombre. No estaba. Ella lo hab&iacute;a recuperado quiz&aacute; mientras yo dorm&iacute;a. No s&eacute; durante cu&aacute;nto tiempo circul&eacute; as&iacute;, descansando unas veces en un sitio, otras en otro, en la ciudad y en el campo. La ciudad hab&iacute;a sufrido cambios. El campo tampoco era ya como lo recordaba. El efecto general era el mismo. Un d&iacute;a vi a mi hijo. Con una cartera bajo el brazo apresuraba el paso. Se quit&oacute; el sombrero y se inclin&oacute; y vi que era calvo como un huevo. Estaba casi seguro de que era &eacute;l. Me volv&iacute; para seguirle con la mirada. Avanzaba a toda marcha, con sus andares de pato, ofreciendo a derecha y a izquierda saludos con el sombrero y otras muestras de servilismo. El insoportable hijo de puta.<br /><br />Un d&iacute;a encontr&eacute; a un hombre que conociera en &eacute;poca anterior. Viv&iacute;a en una caverna al borde del mar. Ten&iacute;a un burro que trotaba por el acantilado, o en los min&uacute;sculos senderos agrietados que descienden hacia el mar. Cuando hac&iacute;a muy mal tiempo el burro entraba con su amo en la caverna y all&iacute; se abrigaba, mientras duraba la tempestad. Hab&iacute;an pasado muchas noches juntos, apretados el uno contra el otro, mientras el viento bramaba y el mar azotaba la playa. Gracias al burro pod&iacute;a abastecer de arena, de algas y de conchas a los habitantes de la ciudad, para sus jardincillos. No pod&iacute;a transportar mucha cantidad de una vez, porque el burro era viejo, peque&ntilde;o tambi&eacute;n, y la ciudad estaba lejos. Pero ganaba as&iacute; un poco de dinero, lo suficiente para comprar tabaco y cerillas y de vez en cuando una libra de pan. Fue en una de sus salidas cuando me encontr&oacute;, en los suburbios. Estaba encantado de volver a verme, el pobre. Me suplic&oacute; que le acompa&ntilde;ara a su casa y pasara all&iacute; la noche. Qu&eacute;date todo el tiempo que quieras, dijo. &iquest;Qu&eacute; le pasa a tu burro? dije. No le hagas caso, dijo, es que no te conoce. Le record&eacute; que no ten&iacute;a costumbre de quedarme con nadie m&aacute;s de dos o tres minutos seguidos y que me horrorizaba el mar. Parec&iacute;a abrumado. Entonces no vienes, dijo. Pero ante mi propia extra&ntilde;eza me mont&eacute; en el burro y arre, a la sombra de los casta&ntilde;os que brotaban con furia de la acera. Me agarr&eacute; a las v&eacute;rtebras de la cerviz, una mano luego otra. Los ni&ntilde;os nos abucheaban y nos tiraban piedras, pero apuntaban mal porque s&oacute;lo me alcanzaron una vez, en el sombrero. Un guardia nos detuvo, y nos acus&oacute; de turbar el orden p&uacute;blico. Mi amigo le record&oacute; que &eacute;ramos tal y como la naturaleza hab&iacute;a acabado por hacernos y que los ni&ntilde;os estaban en el mismo caso. Era inevitable, en esas condiciones, que el orden p&uacute;blico resultara turbado de vez en cuando. D&eacute;jenos continuar nuestro camino, dijo, y el orden se reestablecer&aacute; autom&aacute;ticamente, en su sector. Atajamos por los caminos apacibles de la antiplanicie, blancos de polvo, con los matojos de espino y de fucsia y los linderos franjeados de hierba silvestre y de margaritas. Cay&oacute; la noche. El burro me llev&oacute; hasta la boca de la caverna, porque yo no hubiera podido seguir, en la oscuridad, el sendero que bajaba hacia el mar. Despu&eacute;s volvi&oacute; a subir a sus pastizales.<br /><br />No s&eacute; cu&aacute;nto tiempo me qued&eacute; all&iacute;. Se estaba bien en la caverna, debo decirlo. Me trat&eacute; mis ladillas con agua de mar y algas, pero un buen n&uacute;mero de larvas debieron sobrevivir. Me cur&eacute; el cr&aacute;neo con compresas de alga, lo que me hizo un bien enorme, pero pasajero. Me tumbaba en la caverna y a veces miraba hacia el horizonte. Ve&iacute;a por encima una gran extensi&oacute;n palpitante, sin islas ni promontorios. Por la noche una luz iluminaba la caverna, a intervalos regulares. Fue all&iacute; donde encontr&eacute; mi frasquito, en el bolsillo. No se hab&iacute;a roto, el cristal no era aut&eacute;ntico cristal. Cre&iacute;a que el se&ntilde;or Weir me lo hab&iacute;a quitado todo. El otro estaba fuera la mayor parte del tiempo. Me daba pescado. Es f&aacute;cil para un hombre, cuando lo es de verdad, vivir en una caverna, lejos de todos. Me invit&oacute; a quedanme todo el tiempo que me apeteciera. Si prefiriera estar solo me acondicionar&iacute;a encantado otra caverna, un poco m&aacute;s lejos. Me traer&iacute;a comida todos los d&iacute;as y vendr&iacute;a de vez en cuando a asegurarse que marchaba bien y no necesitaba nada. Era buena persona. Yo no necesitaba bondad. &iquest;No conocer&aacute;s por casualidad una caverna lacustre? dije. Soportaba mal el mar, sus chapoteos, temblores, mareas y convulsividad general. El viento al menos se calma a veces. Las manos y los pies me hormigueaban. El mar me imped&iacute;a dormir, durante horas. Aqu&iacute; pronto me voy a poner enfermo, dije, y &iquest;qu&eacute; habr&eacute; conseguido entonces? Te vas a ahogar, dijo. S&iacute;, dije, o me arrojar&eacute; al acantilado. Y yo que no podr&iacute;a vivir en otra parte, dijo, en mi caba&ntilde;a de la monta&ntilde;a era muy desgraciado. &iquest;Tu caba&ntilde;a en la monta&ntilde;a? dije. Repiti&oacute; la historia de su caba&ntilde;a en la monta&ntilde;a, la hab&iacute;a olvidado, era como si la oyera por primera vez. Le pregunt&eacute; si la conservaba todav&iacute;a. Respondi&oacute; que no la hab&iacute;a vuelto a ver desde el d&iacute;a en que sali&oacute; huyendo, pero que la cre&iacute;a a&uacute;n en el mismo sitio, un poco deteriorada sin duda. Pero cuando insisti&oacute; para que cogiera la llave, me negu&eacute;, dici&eacute;ndole que ten&iacute;a otros proyoctos. Siempre me encontrar&aacute;s aqu&iacute;, dijo, si alguna vez me necesitas. Ah la gente. Me dio su cuchillo.<br /><br />Lo que &eacute;l llamaba su caba&ntilde;a era una especie de barraca de madera. Hab&iacute;a arrancado la puerta, para hacer fuego, o con cualquier otro fin. La ventana ya no ten&iacute;a cristales. El techo se hab&iacute;a hundido por varios sitios. El interior estaba dividido, por los restos de un tabique, en dos partes desiguales. Si hab&iacute;a tenido muebles nada quedaba ya. Se hab&iacute;an entregado a los actos m&aacute;s viles, en el suelo y sobre las paredes. Excrementos poblaban el suelo, de hombre, de vaca, de perro, as&iacute; como preservativos y vomitonas. En una bo&ntilde;iga hab&iacute;an trazado un coraz&oacute;n, atravesado por una flecha. No ofrec&iacute;a sin embargo una perspectiva arm&oacute;nica. Descubr&iacute; vestigios de ramos abandonados. Vorazmente arrancados, arrastrados durante largas horas, acabaron por tirarlos, pesados, o ya marchitos. Esta era la habitaci&oacute;n de la que me hab&iacute;an ofrecido la llave.<br /><br />En su conjunto la escena era la ya familiar de grandeza y desolaci&oacute;n.<br /><br />Era a pesar de todo un techo. Descansaba sobre un jerg&oacute;n de helechos que yo mismo recog&iacute; con mil trabajos. Un d&iacute;a no pude levantarme. La vaca me salv&oacute;. Aguijoneada por la niebla glacial ven&iacute;a a cobijarse. No era sin duda la primera vez. No deb&iacute;a verme. Trat&eacute; de mamarla, sin mucho &eacute;xito. Sus tetas estaban cubiertas de excrementos. Me quit&eacute; el sombrero y me puse a orde&ntilde;arla dentro, acudiendo a mis &uacute;ltimas fuerzas. La leche se derramaba por el suelo, pero me dije, No importa, es gratis. La vaca me arrastr&oacute; por la tierra, deteni&eacute;ndose tan s&oacute;lo de vez en cuando para propinarme una coz. No sab&iacute;a que nuestras vacas pod&iacute;an tambi&eacute;n portarse mal. Debieron orde&ntilde;arla recientemente. Agarr&aacute;ndome con una mano a la teta, con la otra manten&iacute;a el sombrero en su sitio. Pero acab&oacute; por hartarse. Porque me arrastr&oacute; atravesando el umbral hasta los helechos gigantes y chorreantes, donde me vi obligado a soltar la presa.<br /><br />Bebiendo la leche me reproch&eacute; lo que acababa de hacer. Ya no podr&iacute;a contar con la vaca y ella pondr&iacute;a a las dem&aacute;s al corriente. Con m&aacute;s control sobre m&iacute; mismo hubiera podido hacerme amigo de ella. Hubiera venido todos los d&iacute;as seguida quiz&aacute;s de otras vacas. Hubiera aprendido a hacer mantequilla, queso. Pero me dije, No, todo se andar&aacute;.<br /><br />Una vez en la carretera no ten&iacute;a m&aacute;s que seguir la pendiente. Carretas pronto, pero todas me rechazaron. Si hubiera tenido otras ropas, otra cara, se me hubiera admitido quiz&aacute;. Deb&iacute; cambiar desde mi expulsi&oacute;n del s&oacute;tano. La cara en especial hab&iacute;a debido alcanzar un aspecto decididamente climat&eacute;rico. La sonrisa humilde e ingenua ya no me aparec&iacute;a, ni la expresi&oacute;n de miseria c&aacute;ndida, penetrada de estrellas y cohetes. Las llamaba, pero ya no ven&iacute;an. M&aacute;scara de viejo cuero sucio y peludo, no quer&iacute;a ya decir por favor y gracias y perd&oacute;n. Era una l&aacute;stima. &iquest;Con qu&eacute; iba yo a bandearme, en el futuro? Tumbado al borde de la carretera me dedicaba a contorsionarme cada vez que o&iacute;a venir una carreta. Para que no imaginaran que dorm&iacute;a, o descansaba. Trataba de gemir, &iexcl;Socorro! Pero el tono que brotaba era el de la conversaci&oacute;n corriente. Ya no pod&iacute;a gemir. La &uacute;ltima vez que hab&iacute;a necesitado gemir lo hab&iacute;a hecho, bien, como siempre, y eso en la ausencia de cualquier coraz&oacute;n susceptible de ser partido. &iquest;En qu&eacute; iba a convertirme? Me dije. Volver&eacute; a aprender. Me tumb&eacute; de un lado a otro del camino, en un sitio donde se estrechaba, de forma que las carretas no pod&iacute;an pasar sin pasarme por encima, con una rueda al menos, o con dos si ten&iacute;a cuatro. Al urbanista de la barba roja, le hab&iacute;an quitado la ves&iacute;cula biliar, una falta grave, y tres d&iacute;as despu&eacute;s mor&iacute;a, en la flor de la edad. Pero lleg&oacute; el d&iacute;a en que, mirando a mi alrededor, me encontr&eacute; en los suburbios, y de aqu&iacute; a los viejos &aacute;mbitos no hab&iacute;a m&aacute;s que un paso, m&aacute;s all&aacute; de la est&uacute;pida esperanza de calma o de dolor m&aacute;s tenue.<br /><br />Me tap&eacute; pues la parte baja de la cara con un trapo y fui a pedir limosna en un rinc&oacute;n soleado. Porque me parec&iacute;a que mis ojos no se hab&iacute;an apagado del todo, gracias quiz&aacute;s a las gafas negras que mi preceptor me diera. Me hab&iacute;a dado la &Eacute;tica de Geulincz. Eran gafas de hombre, yo era un ni&ntilde;o. Le encontraron muerto, desplomado en el W. C., con las ropas en un desorden terrible, fulminado por un infarto. Ah qu&eacute; calma. La &Eacute;tica llevaba su nombre (Ward) en primera p&aacute;gina, las gafas le hab&iacute;an pertenecido. El puente, en aquella &eacute;poca, era de hilo de lat&oacute;n, de la clase que se emplea para sujetar los cuadros y los grandes espejos, y dos largas cintas negras serv&iacute;an de baranda. Las enroscaba alrededor de las orejas y las abat&iacute;a bajo la barbilla, donde las ataba. Los cristales hab&iacute;an sufrido, a fuerza de frotarse en el bolsillo uno contra otro y contra los dem&aacute;s objetos que all&iacute; se encontraran. Yo cre&iacute;a que el se&ntilde;or Weir me lo hab&iacute;a cogido todo. Pero yo ya no necesitaba esas gafas y no me las pon&iacute;a m&aacute;s que para suavizar el resplandor del sol. No deber&iacute;a haber hablado de ello. El trapo me hizo mucho da&ntilde;o. Acab&eacute; cort&aacute;ndolo del forro de mi abrigo, no, ya no ten&iacute;a abrigo, de mi chaqueta entonces. Era un trapo m&aacute;s bien gris, o incluso escoc&eacute;s, pero me daba por satisfecho. Hasta la tarde manten&iacute;a la cara levantada hacia el cielo del mediod&iacute;a, despu&eacute;s hacia el de poniente hasta la noche. El platillo de madera me hizo mucho da&ntilde;o. No pod&iacute;a utilizar el sombrero, por mi cr&aacute;neo. En cuanto a tender la mano, ni pensarlo. Me procur&eacute; pues una lata de hierro blanco y la sujet&eacute; a un bot&oacute;n de mi abrigo, pero qu&eacute; me pasa, de mi chaqueta, al nivel del pubis. No se manten&iacute;a derecha, se inclinaba respetuosamente hacia el transe&uacute;nte, no hab&iacute;a m&aacute;s que dejar caer la moneda. Pero esto le obligaba a aproximarse mucho, se arriesgaba a tocarme. Acab&eacute; procur&aacute;ndome una lata m&aacute;s grande, una especie de gran lata, y la coloqu&eacute; sobre la acera, a mis pies. Pero las gentes que dan una limosna no les agrada tirarla, ese gesto tiene algo de desprecio que repugna a los sensibles. Sin contar con que deben apuntar. Quieren dar, pero no les gusta que la moneda se escape dando vueltas bajo los pies de los transe&uacute;ntes, o bajo las ruedas de los veh&iacute;culos, donde cualquiera puede cogerla. En resumen: no dan. Los hay evidentemente que se agachan, pero en general a la gente que da una limonsa no le agrada que ello le obligue a agacharse. Lo que realmente prefieren es ver al mendigo de lejos, preparar el penique, soltarlo en plena marcha y o&iacute;r el Dios se lo pague debilitado por el alejamiento. Yo no dec&iacute;a eso, yo no he sido nunca muy creyente, ni nada que se le parezca, pero lanzaba de todos modos un ruido, con la boca. Acab&eacute; procur&aacute;ndome una especie de tablilla que me sujetaba con cordel al cuello y a la cintura. Sobresal&iacute;a precisamente a la altura justa, la del bolsillo, y su borde estaba lo suficientemente apartado de mi persona para poder depositar el &oacute;bolo sin peligro. Pod&iacute;a verse a veces en ella flores, p&eacute;talos, espigas, y briznas de esa hierba que se aplica a las hemorroides, en fin lo que encontraba. No las buscaba, pero todas las cosas bonitas de este tipo que me ca&iacute;an a la mano, las guardaba para la tablilla. Se pod&iacute;a creer que yo amaba la naturaleza. Miraba al cielo, la mayor parte del tiempo, pero sin fijarlo. Era una mezcla normalmente de blanco, azul y gris, y por la tarde ven&iacute;an a a&ntilde;adirse otros colores. Lo sent&iacute;a pesando con suavidad sobre mi cara, frotaba la cara balance&aacute;ndola de un lado a otro. Pero a menudo dejaba caer la cabeza sobre el pecho. Entonces entreve&iacute;a la tablilla a lo lejos, borrosa y abigarrada. Me apoyaba en la pared, pero sin el menor relajo, equilibraba mi peso de un pie al otro y me agarraba con las manos las solapas de la chaqueta. Mendigar con las manos en los bolsillos, da mal efecto, indispone a los trabajadores, sobre todo en invierno. No hay nunca tampoco que llevar guantes. Hab&iacute;a chicos que, simulando darme una perra, arramplaban con todo lo que hab&iacute;a ganado. Para comprarse caramelos. Me desabrochaba, discretamente, para rascarme. Me rascaba de abajo arriba, con cuatro u&ntilde;as: Me hurgaba en los pelos, para calmarme. Ayudaba a pasar el tiempo, el tiempo pasaba cuando me rascaba. El verdadero rascado es superior al meneo, en mi opini&oacute;n, y puede durar mucho, hasta los cincuenta, e incluso mucho despu&eacute;s, pero acaba por convertirse en una simple costumbre. Para rascarme no ten&iacute;a bastante con las dos manos. Ten&iacute;a en todas partes, en mis partes, en los pelos hasta el ombligo, bajo los brazos, en el culo, placas de eczema y de psoriasis que pod&iacute;a poner al rojo con s&oacute;lo pensar en ellas. Era en el culo donde m&aacute;s satisfacci&oacute;n obten&iacute;a. Introduc&iacute;a el &iacute;ndice, hasta el metacarpo. Si despu&eacute;s deb&iacute;a defecar, me hac&iacute;a un da&ntilde;o de perros. Pero apenas defecaba ya. De vez en cuando pasaba un avi&oacute;n, poco r&aacute;pidamente me parec&iacute;a. Me suced&iacute;a a menudo, al acabar la jornada, encontrar los bajos del pantal&oacute;n mojados. Deb&iacute;an ser los perros. Yo ya apenas meaba. Si por azar me entraban ganas, las calmaba introduciendo un trapito en la bragueta. Una vez en mi puesto, no lo abandonaba hasta la noche. Yo ya apenas com&iacute;a, Dios cuidaba de mi sustento. Despu&eacute;s del trabajo compraba una botella de leche que beb&iacute;a por la noche en la cochera. En realidad le encargaba a un chico que la comprara, siempre el mismo, a m&iacute; no quer&iacute;an servirme, no s&eacute; por qu&eacute;. Le daba un penique por el servicio. Un d&iacute;a asist&iacute; a una escena extra&ntilde;a. Normalmente no ve&iacute;a gran cosa. No o&iacute;a gran cosa tampoco. No me fijaba. En el fondo no estaba all&iacute;. En el fondo creo que no he estado nunca en ninguna parte. Pero ese d&iacute;a deb&iacute; volver. Desde hac&iacute;a ya alg&uacute;n tiempo me incordiaba un ruido. No buscaba la causa, porque me dec&iacute;a, Va a cesar. Pero como no cesaba no tuve m&aacute;s remedio que buscar la causa. Era un hombre subido al techo de un autom&oacute;bil, arengando a los transe&uacute;ntes. Al menos fue as&iacute; como entend&iacute; la cosa. Berreaba tan fuerte que retazos de su discurso llegaban hasta m&iacute;. Uni&oacute;n... hermanos... Marx... capital... bifteck... amor. No entend&iacute;a nada. El coche se hab&iacute;a detenido junto a la acera, ante m&iacute;, yo ve&iacute;a al orador de espaldas. De repente se volvi&oacute; y me cuestion&oacute;. Mirad ese pingajo, ese desecho. Si no se pone a cuatro patas es porque teme el vergajo. Viejo, piojoso, podrido, al cubo de la basura. Y hay miles como &eacute;l, peores que &eacute;l, diez mil, veinte mil&mdash;. Una voz, Treinta mil. El orador continu&oacute;, Todos los d&iacute;as pasan delante de vosotros y cuando hab&eacute;is ganado a las carreras solt&aacute;is una perra gorda. &iquest;Os dais cuenta? La voz, No. Claro que no, continu&oacute; el orador, eso forma parte del decorado. Un penique, dos peniques&mdash;. La voz, Tres peniques. No se os ocurre nunca pensar, continu&oacute; el orador, que ten&eacute;is enfrente la esclavitud, el embrutecimiento, el asesinato organizado, que consagr&aacute;is con vuestros dividendos criminales. Mirad este torturado, este pellejo. Me dir&eacute;is que es culpa suya. Preguntadle a ver si es culpa suya. La voz, Preg&uacute;ntaselo t&uacute;. Entonces se inclin&oacute; hacia m&iacute; y me apostrof&oacute;. Yo hab&iacute;a perfeccionado mi tablilla. Consist&iacute;a ahora en dos trozos unidos por bisagras, lo que me permit&iacute;a, una vez acabado el trabajo, plegarla y llevarla bajo el brazo, me gustaba hacer chapucillas. Me quit&eacute; el trapo, me met&iacute;a en el bolsillo las escasas monedas que hab&iacute;a ganado, desat&eacute; los cordones de mi tablilla, la plegu&eacute; y me la puse bajo el brazo. &iexcl;Pero habla, pedazo de inmolado! vocifer&oacute; el orador. Despu&eacute;s me fui, aunque fuera a&uacute;n de d&iacute;a. Pero en general el rinc&oacute;n era tranquilo, animado sin ser bullicioso, pr&oacute;spero y conveniente. Aqu&eacute;l deb&iacute;a ser un fan&aacute;tico religioso, no encontraba otra explicaci&oacute;n. Se hab&iacute;a quiz&aacute; escapado de la jaula. Ten&iacute;a una cara simp&aacute;tica, un poco coloradota.<br /><br />No trabajaba todos los d&iacute;as. Apenas ten&iacute;a gastos. Consegu&iacute;a incluso ahorrar un poco, para los ultim&iacute;simos d&iacute;as. Los d&iacute;as en que no trabajaba me quedaba tumbado en la cochera. Situada al borde del r&iacute;o, en una propiedad particular, o que lo hab&iacute;a sido. Esta propiedad, cuya entrada principal daba sobre una calle sombr&iacute;a, estrecha y silenciosa, estaba rodeada por un muro, menos naturalmente por el lado del r&iacute;o, que marcaba su l&iacute;mite septentrional, sobre una longitud de treinta pasos m&aacute;s o menos. De frente, sobre la otra orilla, se extend&iacute;an a&uacute;n los muelles, despu&eacute;s un apelmazamiento de casas bajas, terrenos bald&iacute;os, empalizadas, chimeneas, flechas y torres. Se ve&iacute;a tambi&eacute;n una especie de campo de maniobras donde soldados jugaban al f&uacute;tbol, todo el a&ntilde;o. S&oacute;lo las ventanas &mdash;no. La propiedad parec&iacute;a abandonada. La verja estaba cerrada. La hierba invad&iacute;a los senderos. S&oacute;lo las ventanas del piso bajo ten&iacute;an persianas. Las dem&aacute;s se iluminaban a veces por la noche, d&eacute;bilmente, unas veces una, otras la otra, ten&iacute;a esa impresi&oacute;n. Pod&iacute;a ser cualquier reflejo. El d&iacute;a en que adopt&eacute; la cochera encontr&eacute; un bote, la quilla al aire. Le di la vuelta, lo rellen&eacute; con piedras y pedazos de madera, quit&eacute; los bancos y me hice la cama. Las ratas se las ve&iacute;an negras para llegar hasta m&iacute;, por la inclinaci&oacute;n de la quilla. Muchas ganas ten&iacute;an sin embargo. F&iacute;jate, carne viviente, porque yo era a pesar de todo carne viviente, hac&iacute;a demasiado tiempo que viv&iacute;a entre las ratas, en mis alojamientos improvisados, para que tuviera una vulgar fobia. Ten&iacute;a incluso una especie de simpat&iacute;a por ellas. Ven&iacute;an con tanta confianza hacia m&iacute;, se dir&iacute;a que sin la menor repugnancia. Se hac&iacute;an la tualet, con gestos de gato. Los sapos, s&iacute;, por la tarde, inm&oacute;viles durante horas, engullen moscas. Se colocan en sitios en donde lo cubierto pasa al descubierto, les gustan los umbrales. Pero se trataba de ratas de aguas, de una delgadez y de una ferocidad excepcionales. Constru&iacute; pues, con tablas sueltas, una tapadera. Es formidable la de tablas que he podido encontrar en mi vida, cada vez que ten&iacute;a necesidad de una tabla all&iacute; estaba, no hab&iacute;a m&aacute;s que agacharse. Me gustaba hacer chapuzas, no, no mucho, as&iacute; as&iacute;. Recubr&iacute; el bote completamente, hablo ahora otra vez de la tapadera. Lo empuj&eacute; un poco hacia atr&aacute;s, entraba en el bote por delante, gateaba hasta la parte de atr&aacute;s, levantaba los pies y empujaba la tapa hacia delante hasta que me cubr&iacute;a del todo. El empuje se ejerc&iacute;a sobre un travesa&ntilde;o en saliente fijado tras la tapa a este efecto, me gustaban las chapucillas. Pero era preferible entrar en el bote por detr&aacute;s, sacar la tapa sirvi&eacute;ndome de las dos manos hasta que me cubriera del todo y empujarlo en el mismo sentido cuando quisiera salir. Como apoyo para mis manos coloqu&eacute; dos grandes clavos, all&iacute; donde hac&iacute;a falta. Estos peque&ntilde;os trabajos de carpinter&iacute;a, si es posible llamarlos as&iacute;, ejecutados con instrumentos y materiales improvisados, no me disgustaban. Sab&iacute;a que acabar&iacute;a pronto, y representaba la comedia, verdad, la de&mdash;c&oacute;mo llamarla, no lo s&eacute;. Me encontraba bien en el bote, debo decirlo. Mi tapadera se ajustaba tan bien que tuve que hacerle un agujero. No hay que cerrar los ojos, dejarlos abiertos en la oscuridad, esa es mi opini&oacute;n. No hablo del sue&ntilde;o, hablo de lo que se llama me parece estado de vigilia. Por otra parte yo dorm&iacute;a muy poco en aquella &eacute;poca, no ten&iacute;a ganas, o ten&iacute;a much&iacute;simas ganas, no lo s&eacute;, o ten&iacute;a miedo, no lo s&eacute;. Tumbado de espaldas no ve&iacute;a nada, apenas vagamente, justo por encima de mi cabeza, a trav&eacute;s de los min&uacute;sculos agujeritos, la claridad gris de la cochera. No ver nada en absoluto, no, es demasiado. O&iacute;a solamente los gritos de las gaviotas que revoloteaban muy cerca, alrededor de la boca de los sumideros. En un hervor amarillento, si tengo buena memoria, las inmundicias se vert&iacute;an al r&iacute;o, los p&aacute;jaros revoloteaban por encima, chillando de hambre y de c&oacute;lera. O&iacute;a el chapoteo del agua contra el embarcadero, contra la orilla, y el otro ruido, tan diferente, de la ondulaci&oacute;n libre, lo o&iacute;a tambi&eacute;n. Yo, cuando me desplazaba, era menos barco que onda, por lo que me parec&iacute;a, y mis parones eran los de los remolinos. Esto puede parecer imposible. La lluvia tambi&eacute;n, la o&iacute;a a menudo. A veces una gota, atravesando el techo de la cochera, ven&iacute;a a explotar sobre m&iacute;. Todo abocaba a un ambiente m&aacute;s bien l&iacute;quido. El viento a&ntilde;ad&iacute;a su voz, no hay que decirlo, o quiz&aacute; m&aacute;s bien las tan variadas de sus juguetes. &iquest;Pero qu&eacute; es todo esto? Zumbidos, alaridos, gemidos y suspiros. Yo hubiera preferido otra cosa, martillazos, pan, pan, pan, asestados en el desierto. Me tiraba pedos, es cosa sabida, pero dif&iacute;cilmente seco, sal&iacute;an con un ruido de bomba, se fund&iacute;an en el gran jam&aacute;s. No s&eacute; cu&aacute;nto tiempo me qued&eacute; all&iacute;. Estaba bien en mi caja, debo decirlo. Me parec&iacute;a haber adquirido independencia en los &uacute;ltimos a&ntilde;os. Que nadie viniera ya, que nadie pudiera ya venir, a preguntarme si marchaba bien y si no necesitaba nada, apenas ya me dol&iacute;a. Me encontraba bien, claro que s&iacute;, perfectamente, y el miedo de encontrarme peor se dejaba apenas sentir. En cuanto a mis necesidades, se hab&iacute;an en alguna medida reducido a mis dimensiones y, bajo el punto de vista cualitativo, tan super-refinadas que toda ayuda resultaba excluida, desde ese &aacute;ngulo. Saberme existir, por muy d&eacute;bil y falsamente que fuera, por fuera de m&iacute;, ten&iacute;a en otra &eacute;poca la virtud de conmoverme. Se convierte uno en un salvaje, forzosamente. A veces se pregunta uno si estamos en el buen planeta. Incluso las palabras te dejan, con eso est&aacute; dicho todo. Es el momento quiz&aacute; en que los vasos dejan de comunicar, ya sabes, los vasos. Se est&aacute; aqu&iacute; siempre entre los dos rumores, sin duda es siempre el mismo pedazo, pero c&aacute;spita nadie lo dir&iacute;a. Me ocurr&iacute;a a menudo querer correr la tapadera y salir del bote, sin conseguirlo, tan perezoso y d&eacute;bil estaba, y muy en el fondo donde me encontraba. Lo sent&iacute;a todo cerca, las calles glaciales y tumultuosas, las caras aterradoras, los ruidos que cortan, penetran, desgarran, contusionan. Esperaba entonces que las ganas de cagar, o de mear al menos, me dieran fuerzas. &iexcl;No quer&iacute;a ensuciar mi nido! Lo que me suced&iacute;a sin embargo, e incluso cada vez m&aacute;s a menudo. Me bajaba los pantalones arque&aacute;ndome, me volv&iacute;a un poco de lado, lo justo para despejar el agujero. Labrarse un reino, en medio de la mierda universal, para despu&eacute;s cagarse encima, era muy m&iacute;o. Eran yo, mis inmundicias, es cosa sabida, pero a&uacute;n as&iacute;. Basta, basta, las im&aacute;genes, aqu&iacute; estoy abocado a ver im&aacute;genes, yo que nunca las vi, salvo a veces cuando dorm&iacute;a. Creo que no las hab&iacute;a visto nunca, en puridad. De peque&ntilde;&iacute;n quiz&aacute;. Mi mito lo quiere as&iacute;. Sab&iacute;a que eran im&aacute;genes, puesto que era de noche y estaba solo en mi bote. &iquest;Qu&eacute; pod&iacute;a ser aquello si no? Estaba pues en mi bote y me deslizaba sobre las aguas. No ten&iacute;a que remar, el reflujo me llevaba. Adem&aacute;s no ve&iacute;a remos, hab&iacute;an debido llev&aacute;rselos. Yo ten&iacute;a una tabla, un trozo de banco quiz&aacute;, que utilizaba cuando me acercaba demasiado a la orilla o cuando ve&iacute;a acercarse un mont&oacute;n de detritus o una chalupa. Hab&iacute;a estrellas en el cielo, grato. No ve&iacute;a el tiempo que hac&iacute;a, no ten&iacute;a fr&iacute;o ni calor y todo parec&iacute;a tranquilo. Las orillas se alejaban cada vez m&aacute;s, l&oacute;gico, ya no las ve&iacute;a. Raras y d&eacute;biles luces marcaban la separaci&oacute;n creciente. Los hombres dorm&iacute;an, los cuerpos recuperaban fuerzas para los trabajos y alegr&iacute;as del d&iacute;a siguiente. El bote no se deslizaba ya, saltitos, zarandeado por las olitas del alta mar incipiente. Todo parec&iacute;a tranquilo y sin embargo la espuma se colaba por la borda. El aire libre me rodeaba ahora por todas partes, no ten&iacute;a m&aacute;s que el abrigo de la tierra, y poca cosa es, el abrigo de la tierra, en esas condiciones. Ve&iacute;a los faros, hasta un total de cuatro, pertenecientes a un barco-faro. Los conoc&iacute;a bien, de peque&ntilde;&iacute;n ya los conoc&iacute;a. Por la tarde, estaba con mi padre sobre un promontorio, me cog&iacute;a de la mano. Hubiera deseado que me atrajese hacia s&iacute;, en un gesto de amor protector, pero en eso estaba pensando. Me ense&ntilde;aba igualmente los nombres de las monta&ntilde;as. Pero para acabar con las im&aacute;genes, ve&iacute;a tambi&eacute;n las luces de las boyas, parec&iacute;an llenarlo todo, rojas y verdes, incluso ante mi extra&ntilde;eza amarillas. Y en el flanco de la monta&ntilde;a, que ahora desgajada se alzaba tras la ciudad, los incendios pasaban del oro al rojo, del rojo al oro. Yo sab&iacute;a muy bien lo que era, era la retama que ard&iacute;a. Yo mismo cu&aacute;ntas veces habr&iacute;a encendido el fuego, con una cerilla, siendo peque&ntilde;o. Y mucho m&aacute;s tarde, de vuelta a casa, antes de acostarme, miraba desde mi alta ventana el incendio que hab&iacute;a prendido. En esta noche pues, plagada de d&eacute;biles parpadeos, en el mar, en tierra y en el cielo, bogaba a merced de la marea y las corrientes. Not&eacute; que mi sombrero estaba atado, por un cordoncillo sin duda, a mi botonadura. Me levant&eacute; del banco, en la parte de atr&aacute;s del bote, y un en&eacute;rgico campanilleo se hizo o&iacute;r. Era la cadena que, fijada a la parte de alante, acababa de enrollarse alrededor de mis caderas. Deb&iacute; desde el principio practicar un agujero en las tablas del fondo, porque aqu&iacute; me ten&eacute;is de rodillas intentando soltarlo, con la ayuda del cuchillo. El agujero era peque&ntilde;o y el agua subir&iacute;a lentamente. Todav&iacute;a una media hora, en total, salvo imprevistos. Sentado de nuevo en la popa, con las piernas estiradas y la espalda bien apoyada contra el saco relleno de hierba que me serv&iacute;a de coj&iacute;n, me tragu&eacute; el calmante. El mar, el cielo, la monta&ntilde;a, las islas, vinieron a aplastarme en un s&iacute;stole inmenso, despu&eacute;s se apartaron hasta los l&iacute;mites del espacio. Pens&eacute; d&eacute;bilmente y sin tristeza en el relato que hab&iacute;a intentado articular, relato a imagen de mi vida, quiero decir sin el valor de acabar ni la fuerza de continuar.]]></description><pubDate>Wed, 06 Apr 2005 02:18:00 +0000</pubDate></item><item><title>Jean Arpp - Poema</title><link>https://marginal.blogia.com/2005/040604-jean-arpp-poema.php</link><guid isPermaLink="true">https://marginal.blogia.com/2005/040604-jean-arpp-poema.php</guid><description><![CDATA[LA EDAD EL RELÁMPAGO LA MANO Y LA HOJA<br><br>la edad tiene manos de flechas.<br>la edad es una planta<br>que habla como una hoja desnuda<br>y tiende trampas de luz blanca<br><br>el relámpago crece en una mano desnuda.<br>el relámpago habla de la edad sin campana<br>y saluda al espacio desnudo<br>que viene de la luz muda.<br><br>la mano es blanca como una pluma de planta<br>la mano es blanca como una hoja de flecha.<br>la mano lleva una campana que duerme<br>por el espacio mudo<br>y se posa en un relámpago dormido.<br><br>la hoja es una mano muda<br>la hoja se olvida que duerme.<br>habla como una campana desnuda<br>y despierta al espacio blanco<br>que cae en una trampa muda.<br>las hojas intercambian espacios que duermen.]]></description><pubDate>Wed, 06 Apr 2005 02:11:00 +0000</pubDate></item><item><title>Marina Tsviet&#xE1;ieva - Poemas</title><link>https://marginal.blogia.com/2005/040603-marina-tsvietaieva-poemas.php</link><guid isPermaLink="true">https://marginal.blogia.com/2005/040603-marina-tsvietaieva-poemas.php</guid><description><![CDATA[PASAR A HURTADILLAS<br><br>Y, quizás, la mejor victoria<br>sobre el tiempo y la gravitación...<br>es pasar sin dejar huella,<br>pasar sin dejar sombra<br><br>sobre los muros...<br>    Quizás... ¿renunciando<br>vencer? ¿Dejar de reflejarse en los espejos?<br>Así: como Lermontov por el Cáucaso<br>pasar a hurtadillas sin asustar a las rocas.<br><br>Quizás... ¿sería mejor diversión<br>con el dedo de Sebastián Bach<br>no tocar el eco del órgano?<br>Desintegrarse, sin dejar cenizas<br><br>para una urna...<br>    Quizás... ¿con engaño<br>vencer? ¿Escapar de las latitudes?<br>Así: por el tiempo como un océano<br>pasar a hurtadillas sin asustar a las aguas...<br><br>14 de mayo de 1923]]></description><pubDate>Wed, 06 Apr 2005 02:08:00 +0000</pubDate></item><item><title>Joseph Brodsky - Poemas</title><link>https://marginal.blogia.com/2005/040602-joseph-brodsky-poemas.php</link><guid isPermaLink="true">https://marginal.blogia.com/2005/040602-joseph-brodsky-poemas.php</guid><description><![CDATA[Vale la pena<br><br>Cuando un poeta se posa sobre el mundo lo desplaza. <br>Cuando el pájaro muere, ¿qué pasa? <br>A lo mejor le falló el corazón por instalar su levedad en <br>                  el suelo.<br>0 tenía la memoria cargada con cada vuelo que voló. <br>En el café Colón de Malabia y Corrientes <br>los parroquianos conocen la lentitud del tiempo, <br>el dolor del cariño, la ficción de ser otra cosa, la mesa <br>donde Joseph se para y dice que el exilio fue hoy, <br>que no hay espanto mayor que el de animal recorriendo su <br>                  cueva, <br>que pesan hoscamente los que cayeron combatiendo <br>                  y que <br>no hay heridas, sino una gran herida que nadie puede <br>                  cerrar. <br>¡Habráse visto! <br>¡Como si el pájaro no recorriera las cortinas del cuarto <br>para que entrase el sol! <br>¡El sol de nada, la huella infinita de la piedra <br>en cada pobre amor! <br>Tendrías que haberte quedado más aquí, <br>Joseph o cosmos descuidado, <br>a la intemperie de costumbre. <br>No se arrancó del país y yace <br>lleno de entender todo.]]></description><pubDate>Wed, 06 Apr 2005 02:05:00 +0000</pubDate></item><item><title>D. H. Lawrence - Poemas</title><link>https://marginal.blogia.com/2005/040601-d-h-lawrence-poemas.php</link><guid isPermaLink="true">https://marginal.blogia.com/2005/040601-d-h-lawrence-poemas.php</guid><description><![CDATA[REPTILES: TORTOISE SHOUT<br><br>I thought he was dumb,<br>I said was dumb,<br>Yet I've heard him cry.<br><br>First faint scream,<br>Out of life's unfathomable dawn,<br>Far off, so far, like a madness, under fue horizon's dawning rim,<br>Far, far off, far scream.<br><br>Tortoise in extremis.<br><br>Why were we crucified into sex?<br>Why were we not left rounded off, and finished in our-selves,<br>As we began,<br>As he certairuy began, so perfecty alone?<br><br>A far, was-it-audible scream,<br>Or did it sound on the plasm direct?<br><br>Worse than the cry of fue new-born,<br>A scream,<br>A yell,<br>A shout,<br>A paean,<br>A death-agony,<br>A birth-cry,<br>A submission,<br>All tiny, tiny, far away, reptile under the first dawn.<br><br>War-cry, triumph, acute-delight, death-scream reptilian,<br>Why was fue veil torn?<br>The silken shriek of the soul's torn membrane?<br>The male soul's membrane<br>Torn with a shriek half music, half horror.<br><br>Crucificion.<br>Male tortoise, cleaving behind the hovel-wall of that dense female,<br>Mounted and tense, spread-eagle, out-reaching out of the shell<br>In tortoise-nakedness,<br><br>Long neck, and long vulnerable limbs extruded, spread-eagle over her house-roof,<br>And the deep, secret, all-penetrating tail curved beneath her walls,<br>Reaching and gripping tense, more reaching anguish in uttermost tension<br>Till suddenly, in the spasm of coition, tupping like a jerking leap, and oh!<br>Opening its clenched face from rus outstretched neck<br>And giving that fragile yell, that scream,<br>Super-audible,<br>From rus pink, cleft, old-man's mounth,<br>Giving up fue ghost,<br>Or screaming in Pentecost, receiving the ghost.<br><br>His scream, and his moment's subsidence,<br>The moment of eternal silence,<br>Yet unreleased, and after the moment, the sudden, startling jerk of coition, and at once<br>The inexpressible faint yell-<br>And so on, till the Iast pIasm of my body was melted back<br>To the primeval rudiments of life, and the secret.<br><br>So he tups, and screams<br>Time after each jerk, the longish interval,<br>The tortoise eternity,<br>Age-long, reptiIian persistence,<br>Heart-throb, slow heart-throb, persistent for the next spasm.<br><br>I remember, when I was a boy,<br>I heard the scream of a frog, which was caught with his foot in the mount of an up-starting snake;<br>I remember when I first heard bull-frogs break into sound in the spring;<br>I remember hearing a wild goose out of the throat of night<br>Cry loudIy, beyond the lake of waters;<br>I remember the first time, out of a bush in the darkness, a nightigale's piercing cries and gurgles startled the depths of my soul;<br>I remember the scream of a rabbit as I went through a wood at midnight;<br>I remember the heifer in her heat, blorting and blorting through the hours, persistent and irrepresible;<br>I remember my first terror hearing fue howl of- weird, amorous cats;<br>I remember fue scream of a terrified, injured horse, fue sheet-lightning,<br>And running away from fue sound of a woman in labour, something like and owl whooing.<br>And listening inwardly to fue first bleat of a lamb,<br>The first wail of an infant,<br>And my mother singing to herself,<br>And the first tenor singing of the passionate throat of a young collier, who has long since drunk himself to death,<br>The first elements of foreign speech<br>On wild dark lips.<br><br>And more than all these, <br>And less than all these,<br>This last,<br>Strange, faint coition yell<br>Of the male tortoise at extremity,<br>Tiny from under the very edge of fue farthest far-off horizon of life.<br><br>The cross,<br>The wheel on which our silence first is broken,<br>Sex, which breaks up our integrety, our single inviolability, our dee silence,<br>Tearing a cry from us.<br><br>Sex, which breaks us into voice, sets us calling across fue deeps, calling, calling for the complement,<br>Singing, and calling, and singing again, being answered, having found.<br>Torn, to become whole again, after long seeking for what is lost,<br>The same cry from the tortoise as from Christ, the Osiris cry of abandonment,<br>That which is whole, torn asunder,<br>That which is in part, finding its whole again throughout the universe.<br><br> <br><br>REPTILES: GRITO DE TORTUGA<br><br>Creí que el macho era mudo,<br>pensaba que era mudo,<br>pero le he oído gritar.<br><br>Un débil quejido inicial<br>nacido del insondable amanecer de la vida,<br>lejano, tan lejano, como una locura, bajo el filo naciente del horizonte.<br>Un grito lejano, muy lejano.<br><br>Tortuga in extremis.<br><br>¿Por qué fuimos crucificados en el sexo?<br>¿Por qué no se nos dejó acabados, terminados en nosotros mismos<br>tal como empezamos,<br>como ella seguramente empezó, tan perfectamente sola?<br><br>Un grito distante, ¿llegó a oírse?<br>¿O se oyó directamente en el plasma?<br><br>Peor que el llanto del recién nacido,<br>que un grito,<br>que una llamada en alta voz<br>que un alarido,<br>que un pean,<br>que una agonía de muerte,<br>que un grito al nacer,<br>que una sumisión,<br>peor es un reptil diminuto y distante, bajo la luz del alba primigenia.<br><br>Grito de guerra, triunfo, aguda delicia, grito de muerte de reptil,<br>¿por qué fue desgarrado el velo,<br>el sedoso alarido de la rota membrana del alma?<br>La membrana del alma del macho<br>desgarrada con un aullido, mitad música, mitad horror.<br><br>Crucifixión.<br>La tortuga macho, encaramada y tensa<br>como un águila de alas desplegadas, penetra el muro de cloaca de la compacta hembra,<br>como queriéndose salir del caparazón,<br>en una desnudez de tortuga,<br>con su cuello largo y esbelto y sus vulnerables miembros<br>extendidos, como un águila que abriera sus alas<br>sobre un tejado,<br>mientras que el profundo y oculto rabo que todo lo penetra<br>se curva bajo los muros de la hembra,<br>y él la abarca tensamente, agarrándose, con la más envolvente<br>de las angustias y la más inimaginable de las tensiones,<br>hasta que, inesperadamente, en el espasmo de la unión,<br>se aparean con un brinco repentino y,¡oh!,<br>saca su constreñida cara de su tenso cuello<br>y emite ese frágil aullido, ese tan perceptible grito,<br>salido de su rosada y hundida boca de viejo,<br>liberando así su espíritu.<br>O gritando en un Pentecostés, que recibiera su espíritu.<br><br>Tras el grito y su eco momentáneo,<br>sobrevino un instante de un silencio eterno,<br>y sin embargo aún no liberado y, tras esto, el inesperado, estremecedor espasmo de unión, y, repentinamente,<br>el inexpresivo aullido que acabó por desvanecerse-<br>y así hasta que el último plasma de mi cuerpo se derritió<br>en los primigenios rudimentos de la vida y del secreto.<br><br>De esta forma, se aparea y emite<br>una y otra vez ese frágil aullido desgarrado<br>que sigue a cada convulsión, largo intervalo,<br>eternidad de la tortuga,<br>reptiliana persistencia, vieja como el tiempo,<br>corazón latiente, lento latido, persistente, y así hasta un nuevo espasmo.<br><br>Recuerdo, cuando niño,<br>que oí el grito de una rana, apresada por el anca por una culebra repentinamente erguida;<br>recuerdo cuando por primera vez oí a los sapos prorrumpir en cantos por la primavera;<br>recuerdo oír a un ganso salvaje en medio de la garganta de la noche,<br>gritando estridentemente al otro lado de las aguas;<br>recuerdo la primera vez que entre arbustos, en la oscuridad, los gritos<br>punzantes y los gorjeos de la alondra sacudieron las profundidades de mi alma;<br>recuerdo el grito de un conejo mientras yo cruzaba el bosque a  media noche;<br>recuerdo a la novilla en celo, mugiendo y mugiendo, hora tras hora, persistente e irreprensible;<br>recuerdo el primer terror al oír el maullido de ladinos amorosos gatos;<br>recuerdo el grito de un aterrorizado caballo herido, su desgarrador relámpago,<br>y recuerdo que huí al oír la brega de una parturienta: algo parecido al canto de una lechuza;<br>y el sonido penetrante del primer balido de un cordero,<br>o el primer llanto de un niño<br>y mi madre cantando sola,<br> y el primer canto tenor de la apasionada garganta de un joven  minero muerto, hace ya mucho tiempo, de tanto beber,<br>y la primera percepción de un habla extraña<br>en labios oscuros y salvajes.<br><br>Y más aún que todo eso,<br>y menos aún que todo eso,<br>este último,<br>extraño, débil lamento de unión<br>de la tortuga macho, puesta al límite de sí,<br>diminuta debajo del mismísimo filo del más lejano horizonte de vida.<br><br>La Cruz,<br>la rueda sobre la que nuestro silencio por primera vez se rompe,<br>el sexo que hace estallar nuestra integridad, nuestra aislada inviolabilidad, nuestro profundo silencio,<br>Haciéndonos gritar desgarradamente.<br>El sexo, que nos hace romper en un alarido, que nos hace invocar, a través de lo más profundo, invocar,<br>llamar al otro, cantar invocando y cantar de nuevo, y ser respondidos, y habemos encontrado.<br>Desgarrados, para volver a ser uno de nuevo, después de haber buscado largamente lo perdido.<br>Un mismo grito: el de la tortuga y el de Cristo, el grito de desolación de Osiris,<br>aquello que es uno y que está desgarrado en pedazos,<br>dividido, y encuentra su totalidad por todo el universo nuevamente.]]></description><pubDate>Wed, 06 Apr 2005 01:54:00 +0000</pubDate></item></channel></rss>
